La mentira ¿Un mal necesario?

Por: Fernando Silva

Un enfoque tergiversador de «lo real» que eclipsa la inteligencia e incluso la conciencia, lo tenemos al dar a saber algo opuesto a lo que se conoce, se reflexiona o se percibe y que sistemáticamente da motivo a malentendidos, falta de comprensión y de respeto, a obrar en contra de principios ético-morales, a proceder sin observancia, prudencia o diligencia, y que en lo más llano de la palabra, así como en prácticamente todas las actividades humanas se conoce como «falsedad». Con tan singular unidad lingüística y su significado, el homo sapiens sapiens siempre se ha engañado designando «realidades» indeterminadas cuyo garante no se conoce o no se precisa y que terminan por considerarse como genuinas. En ese entendido, obviamente hay de mentiras a mentiras, están desde las que son piadosas hasta las que llegan a ser mortales, pero en cualquier caso tienen suficiente carga nociva y son consideradas con diversos grados de valor moral. Desde luego, hay mujeres y hombres que las señalan —con altivez y desproporcionado escrúpulo— utilizando el draconiano dedo acusador; en contraste, tenemos el ejemplo de seres humanos que observan la falta, piensan, comprenden la circunstancia y en consecuencia actúan favorablemente; finalmente, existen personas que simplemente las aceptan sin replicar.


Por extraño que parezca, el uso de falacias —como mecanismo de supervivencia— parecen estar ligadas de modo indefectible a la necesaria e importante integración personal, social y laboral, curiosamente, teniendo conexión en la propensión de ver y juzgar las cosas en su aspecto favorable, así como en las disposiciones que surgen cuando lo que se desea se presenta como asequible. Al respecto, quizás el porcentaje de la humanidad que reiteradamente miente tenga —sin saber o con intención— afecciones en su ánimo por depresión, abuso y/o acoso, irritabilidad, miedo, violencia, trastorno bipolar, problemas económicos, tristeza, angustia, sevicia, alguna enfermedad terminal....


Por todo ello, se infiere que los sanos valores culturales de cada sociedad se establecen en virtud de un proceder en bien de todos, sin embargo, con frecuencia resulta intrincado identificar y separar a la mentira de la verdad. Aquí, las metáforas de la «realidad translúcida» y «la falsa apariencia» se presentan como conceptos enfrentados y relacionados en términos dicotómicos, ya que particularmente y por precisión nada puede ser verdad y mentira al mismo tiempo ¿o sí? De ahí la actitud escéptica de buena parte de la gente hacia ambas concepciones, así como entre quienes se ocupan profesionalmente sobre las cuestiones filosóficas y psicológicas de la mendacidad y la veracidad.


Desde este punto de vista ¿cómo asimilar —sin esa pizca de suspicacia— las imposturas que enhebran las economías en el mundo? Basta con observar que al tiempo que en los libros de economía se sustenta que los grandes industriales y empresarios compiten por los mercados financieros y recursos naturales en bien del progreso de la humanidad —detrás de esa coartada— abiertamente rivalizan con ardiente avaricia por otra mentira, el dinero. Ejemplo, se supone que las entidades financieras al ser fundadas, la Ley de cada nación determina que los socios deben aportar un imprescindible capital inicial para poner en marcha sus operaciones, no obstante es recurrente que no sea así, ya que los asociados maquinan retorcidas martingalas, incluyendo el cohecho, para evadir tan esencial inversión —incluso aprovechándose de la banca de desarrollo que administran algunos gobiernos— y así brindar créditos, no dinero, a quien cínicamente consideran tiene realmente recursos para pagar la cantidad solicitada, por lo menos al doble de lo recibido y, si no lo hace, enérgicamente le incautan el bien adquirido o lo que haya dejado en garantía.


Es lamentable el alcance e influencia que obtienen estas propensiones de monopolio, en donde su utilidad y retribuciones bursátiles son injustas y desenfrenadas, además de que con ello disminuyen el bienestar económico y social en un sinnúmero de países. De manera miserable, otro cometido de estas entidades financieras es organizar y mantener la escasez de divisas, para que el grueso de las personas en el mundo compitan —las unas con las otras— a fin de salir adelante en todo lo que implica su vida, incluso, arrastrándolas a cometer actos deshonestos hacia otras personas o de violencia como asaltos, secuestros y asesinatos. En tan deshumanizado escenario, algo particularmente vergonzoso de observar es como algunas personas anteponen sus carencias —embaucando y prevaliéndose de la credulidad de sus familiares— para asumir que son «merecedores» de algún bien inmueble, sin considerar los derechos y el respeto al resto de su parentela, generando de esta manera, divisiones y hasta manifestaciones que no sólo denigran, sino que contundentemente atentan contra los esfuerzos en pro de la convivencia, la conciencia y el acatamiento.


Y que decir de los ardiles estratagemas que propagan la mayoría de los gobernantes en todo el mundo, bajo el cobijo de que «la mentira política» es un estilo de argucia debido a la peculiaridad del uso del lenguaje legislativo y de la función de los falsos argumentos formulados —en relación recíproca— entre presidentes, ministros, secretarios, legisladores… para socavar la discusión imparcial y en detrimento del estado de derecho, por la combinación de factores y circunstancias que se presentan y que condicionan las formas de entender e interpretar los desacuerdos entre naciones que involucran vitales aspectos sociales, culturales, ético-morales, legales, económicos y ecológicos.


Sin lugar a duda, la mentira es peculiar. El potencial de transmitir un pensamiento a sabiendas de que es falso, es potestad sobresaliente de nuestra especie, ya que además de difundir creencias o quebrantar la confianza, se caracteriza particularmente por entorpecer las deliberaciones sobre los inconvenientes que nos afectan a todos. En ese sentido ¿el ser humano es la única especie capaz de usar su sistema de comunicación para inducir a la falacia? Tengamos presente que como fenómeno no está directamente implícito en el código lingüístico, sino en la intencionalidad individual de la aplicación del lenguaje.