Sociedades con goce efectivo de los derechos civiles y humanos


Por: Fernando Silva


El conjunto de normas éticas y morales que deberían ser la base para una apropiada educación y formación desde los hogares y hasta las instituciones universitarias, así como en todos ámbitos políticos y sociales, las tenemos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero las violaciones a los derechos y los delitos contra todo ser humano como el homicidio; el abuso sexual; la hambruna; los malos tratos en el ámbito familiar, laboral y social; el secuestro; las migraciones forzadas; la extorsión; el robo; las amenazas… son actos ausentes de compromiso vital y de una insensibilidad empujada a márgenes en los que las personas que actúan contra el decente proceder, probablemente se trastornan debido a las interpretaciones irracionales que hacen sobre los acontecimientos que ocurren en sus vidas, quizás, a causa de particulares creencias dogmáticas y absolutistas que interfieren en su análisis de los sucesos cotidianos, lo que les lleva a perturbadoras consecuencias emocionales y conductuales.


Al respecto, resulta de gran trascendencia reflexionar sobre los comportamientos que deberían privilegiarse y promoverse, considerando que algunos dogmas y credos no integran en sus postulados benévolos valores universales, aquellos surgidos a partir de altruistas debates multiculturales en contextos religiosos, académicos, filosóficos, científicos, sociales y políticos en todo el mundo. Por consiguiente, es contundente ponderar que cada ser humano nace sin intenciones solapadas o malignas, así como afirmar que el inducir al error o a la violencia por vía de la mentira o el maltrato es un comportamiento adquirido en el transcurso de la vida. Si esto se toma como cierto, todos somos vulnerables al engaño y al trato cruel, por ende, poco inclinados al buen proceder y a la generosa relación con los demás por efecto de haber aprendido a engañar y a vulnerar a nuestros semejantes. Entonces, si está en nuestra naturaleza tales comportamientos, quizás, de ahí deriven las deficiencias que limitan el hacer digna relación social.


El argumento puede fundamentarse en la genealogía de la ética como principio metodológico para descifrar de mejor manera tanto las vivencias como nuestro proceder. Asunto que considero determinante y que no se somete tan sólo al aspecto biológico, sino en estimar el mérito y logros obtenidos por un sinnúmero de seres humanos que se han distinguido con mayor intensidad por su inteligencia, conocimientos, bondad y propuestas en bien de todo ser viviente y del planeta Tierra, elevando el impulso moral por el cual se transforman en dignos ejemplos de calidad humana. En contrasentido, en la mayoría de las sociedades que exhortan a no mentir ni quebrantar derechos, el engaño y sus deformados métodos concomitantes tienen un «estatuto distinto» cuando de política se trata, ya que usurpan, ocultan o alteran lo que es efectivo, en contraposición con lo ilusorio, además de entronizar el eufemismo y el silencio con tal de no llamar a las cosas por su nombre, haciendo uso de la manipulación del lenguaje, las imposturas, las mentiras «piadosas», la invención de estratagemas, ejerciendo diplomacia del celuloide, los secretos de estado… Todo como «medios justificables» que definen grupos elitistas que se encuentran por encima de ellos, incluso, de los representantes que cada sociedad considera «legalmente elegidos». Ya que como signo de lo contemporáneo, resulta apabullante que en las cosas de los gobiernos y sus negocios, se carece de límites en el uso de estafas y acciones contrarias a la rectitud, mismas que recaen negativamente en la mayoría de las naciones.


A tal efecto, para hacer política se precisa de dinero, por lo que aquellos que lo poseen, los llamados «Amos del mundo» ejercen una desproporcionada influencia y perjudicial repercusión hacia todas las sociedades. Pero a pesar de los infestos grupos elitistas, la idea de bienestar social consiste en el respeto y goce efectivo de los derechos civiles y humanos, de los cuales somos portadores cada uno de los habitantes que conformamos las naciones, por lo que desde diferentes sectores se insta a la humanidad a posesionarse de su responsabilidad en bien común. Para ello, es necesario elevar la conciencia con el objetivo de vertebrar a las sociedades frente a la soberbia y avaricia de los poderes fácticos, ya que las entidades supranacionales y la mentada gobernanza global, han puesto de manifiesto su determinación por no lograrlo, además de amparar su nocivo sistema con el mentado «Nuevo Orden Mundial».


En esa dirección —como seres pensantes— debemos dejar de lado el que cada uno es fin para sí mismo y todos los demás no son nada, puesto que sin los demás, simplemente, no alcanzaríamos muchas de nuestras metas. Para ello es preciso ser congruentes y no simples seguidores de ideologías que benefician a unos cuantos, además de expandir nuestras mejores virtudes para comprender de mejor manera a nuestras sociedades y los beneficios que se generan al construir una estructura de corresponsabilidad. Tener presente que este tipo de racionalidad social tiende a resolver significativamente los problemas, convirtiendo en cánones razonados los criterios de eficacia para revertir la hecatombe de un posible cambio manipulador —en posición y orientación— proyectado por desquiciados grupos de élite.


Obviamente, la sociedad civil no sustituye al gobierno, pero tiene una significativa función de participación desde las normas éticas que rigen la conducta de las personas en cualquier ámbito de la vida personal y pública. Lo importante es que en distintos sectores académicos, científicos, artísticos y culturales, desde hace tiempo se asume esta postura, por ello, lo que importa es detectar esos «yacimientos de responsabilidad» y potenciarlos a favor de un vigoroso protagonismo en la construcción social en bien de todos y sin coacción alguna. En la medida en que la mayoría de los políticos se limitan a buscar votos y conseguir ventajas quedándose sin fundamentos para lanzar propuestas «atractivas» e implantado un mundo completamente inestable por causa de la corrupción, el despilfarro, la mala gestión y la falta de unidad que han socavado la credibilidad de la política, resulta favorable sacarle el máximo rendimiento a las movilizaciones que la sociedad civil organizada e informada venimos realizando en las calles, en las redes sociales y en las universidades públicas, en donde ponemos sobre la palestra críticas y propuestas realizables que detengan la pobreza, la desigualdad, la violencia económica, el cohecho, la corrupción, la depredación del planeta y todo ese cáncer ideológico que reproduce y mantiene el régimen de desigualdades y opresión que caracteriza a los mentados «Amos del mundo».


Para la ética del bienestar social, es esencial garantizar la conservación de la humanidad, a partir del reconocimiento del ser humano como sujeto de derechos a una participación democrática, el sostenimiento digno de todas las especies animales y vegetales, así como del medio ambiente y, sobre todo —de cara a los neoconservadurismos y neofascismos— el derecho a una plena libertad de conocimiento, pensamiento y expresión.