Unos zapatos grandes

Por Ricardo Medrano

Para Yoy

Con los dedos índice y medio toma un poco de base blanca y la unta sobre su rostro. La base es importante, es como el lienzo virgen que sustenta los trazos del artista. Las cejas, por su parte, son un elemento que armoniza el conjunto; arqueadas o pronunciadas, se conjugan en este ritual de la exageración.


Él sabe que el maquillaje es un elemento primordial para el artista, igual de importante que el vestuario, es como el cuerpo mismo que se transforma de acuerdo con los tiempos escénicos. Vaya, como la vida misma. Es el arte de la vida misma.


En él empezaron a habitar deseos de niño hasta transformarse gradualmente en ambiciones de artista. Desde pequeño denotaba una gracia muy particular para hacer reír a los demás. La banda de chiquillos del barrio festejaba sus ocurrencias.


Payaso era especial para las travesuras. Su mejor amigo era Jojoy, mejor conocido como el Dientei de Serrucho. Éste se ganó su sobrenombre debido a su problema de pronunciación: sustituía las letras “erre” y “ese” por la letra “i”. De modo que si Jojoy intentaba piropear a una joven con la frase:

—“No muevas tanto la cuna porque despiertas al niño”, terminaba diciendo:

—“No muevai tanto la cuna poique deipieitai al niño”.


Esos piropos de Jojoy hacían reír a las jóvenes y le ganaron innumerables amigas al atrevido mozalbete. A ellas no les importaba que el ratón le hubiera devorado la lengua.


Payaso y Jojoy eran compañeros en la telesecundaria del barrio. Juntos echaban a andar las más notables travesuras: rompían los focos de las marquesinas, pintarrajeaban paredes, escribían recados de amor anónimos y los depositaban en los buzones de las casas de los maridos más celosos en la colonia. Mataban clase para irse a recorrer la colonia Maravillas, siempre atentos a las posibles miradas de familiares y vecinos. Compraban un peso de tortillas y un chile en vinagre, se sentaban a la orilla de la banqueta y consumían el taco y el tiempo hasta llegada la hora de salida de la escuela. Sus respectivas situaciones familiares, en ninguna forma representaban un motivo para amargarse.


Jojoy era hijastro de un proxeneta que golpeaba por igual a su madre, a él y a su hermano. El padrastro era tipo de baja estatura que compensaba sus complejos con bravatas y golpes. Para el muchacho resultaba más práctico salir de casa desde temprano y regresar por la noche, pero su madre le exigía que volviera a la hora de la comida, después de salir de la telesecundaria. Esa era la única hora obligada en que debía reportarse Jojoy. Así evitaba encontrarse con su padrastro que, por lo general, dormía la mona después de fumarse un churro. Los horarios del hombre fuera de la casa estaban entre las ocho de la noche y las diez de la mañana del día siguiente.


A las seis con cuarenta de la tarde, el hombre debía tener el agua caliente y a la temperatura correcta en un cubo de agua y lista en el improvisado baño. Un rastrillo con navaja nueva —debían dejar a la vista la envoltura de la navaja para que él pudiera comprobarlo—, un jabón para su uso exclusivo que le proveía un tendero del mercado y que conseguía sobre pedido en las tiendas grandes de la calle Jesús María. Las chanclas debían estar listas al pie del camastro donde dormía, y la ropa, perfectamente planchada y doblada sobre la silla de madera. Un trozo de espejo de regular tamaño, carcomido por la humedad le devolvía su luminosa sonrisa cuando orgulloso peinaba con vaselina su copete estilo Elvis Presley. Al pie del espejo, sobre una repisa, siempre en perfecto orden: un tarro grande de crema Teatrical, un peine de carey, un estuche con lentes ahumados tipo gota y un corta uñas.


Porque aquellos objetos eran de uso exclusivo del rey de la casa —así lo había declarado el propio monarca—, y ningún mocoso jijo de la tiznada tenía derecho a hacer uso de ellos.


— Primero deben aprender a ganar el dinero, para poder disfrutar de lo bueno. Por lo pronto sólo son piojos, alimañas que no producen, que sólo chupan la sangre de la gente que sí trabajamos, que somos productivos— era el sermón inspirador que daba el hombre a sus entenados.


La madre sólo guardaba silencio y bajaba la cabeza: cualquier mirada que pudiera ser interpretada por el hombre como una contravención de sus palabras resultaba en una andanada de puntapiés contra los insurrectos, quienes se limitaban a tirarse sobre el piso y adoptar la posición del caracol: encoger las piernas debajo del abdomen, cubrir con las manos la cabeza y ser dóciles ante la voluntad del soberano que se jactaba de tener dos mujeres en el negocio de la diversión y, gracias a ellas, y a su talento y finura, había comida en la mesa de ese cuchitril al que sólo regresaba porque era un hombre piadoso de verdad a quien debían agradecer— remataba su continua perorata.


Payaso, por su parte, sólo tenía un hermano. Era hijo de padre alcohólico y madre esquizofrénica. Por las tardes trabajaba en la tienda de La Chata acomodando las botellas retornables en sus rejas de plástico.


Frente a la tienda había un terreno baldío que hacía las veces de basurero. Ahí los chiquillos se entretenían apedreando ratas que rascaban hoyos en la tierra y lagartijas que asoleaban sus rugosas pieles sobre las bardas de tabique salitroso. Muchos tenían la sangre fría para apuntar y disparar proyectiles certeros contra los bichos que, con la mejor de las suertes, sólo perdían alguna extremidad.


El baldío conservaba un tramo de mampostería de aproximadamente un metro de alto. Monumento a la eterna construcción inconclusa en el barrio. La banda de bribones brincaba sin problemas aquel obstáculo para convertirse en pepenadores ocasionales de latas o botellas.


A la tienda de La Chata acudían los parroquianos para beber cervezas enfriadas en una hielera de lámina. Frecuentemente, los bebedores eran presa de la extorsión policiaca bajo el argumento de que estaba prohibido ingerir bebidas embriagantes en la vía pública.


Sin embargo, todas las tardes, una pareja de payasos se internaban en la noche sentados sobre aquel trozo de frustrada cimentación. Compraban varias cervezas en la tienda y fumaban cigarros Casinos, dejando cementerios nutridos de colillas a su alrededor. El hombre, que aparentaba, por su andar, más de cincuenta años, en cada sorbo a su bebida mostraba sus encías desdentadas y miraba de reojo a la mujer, quien, tímida, daba tragos largos que provocaban la espuma en la botella. De sus rostros blancos destacaban dos pares de ojos pequeños como estrellas. Era una especie de maquillaje de aparente ausencia, con unos labios tan rojos como una rebanada de sandía.


Aquel par, signo inequívoco de que el circo se había instalado sobre la calle siete, abonaban un paisaje diferente. La banda de pequeños rufianes siguió con atención sus movimientos durante tres días continuos, sin atreverse a molestarlos, incluso, sin la mínima aproximación. Eran regulares en su hora de llegada a la tienda: unos minutos, apenas pasadas las nueve de la noche; una vez que el público ingresaba a la última función, y ellos estaban libres de sus ocupaciones: lanzaban fuego durante dos horas continuas a la entrada de la enorme carpa para atraer espectadores, desde las siete hasta las nueve de la noche. El dueño del circo afirmaba que la mejor función, la más concurrida era la última.


Los payasos cara blanca aparecieron al tercer día en la tienda; tras varias cervezas y cigarros, algo en su corazón aceleró sus motores; tal vez era la gasolina que se filtró hasta su cuerpo, quizá la que no terminó por consumirse en el estallido del dragón. La cerveza y el tabaco contribuyeron en aquella pirotecnia. Los dos vehículos de cara blanca, sin darse cuenta, giraron la llave de sus propios motores y su corazón gruñó como un Cadillac afinado y feroz. Porque bastó un cambio de luz imperceptible, pasaron del preventivo al verde intenso y juntaron sus labios en un beso, lubricado como un cigüeñal en perfecto estado. Así, pasaron a segunda, y luego a tercera, hasta que sus máquinas, ansiosas por devorar el camino del otro, por rasguñar y clavar sus afilados neumáticos sobre el asfalto de los cuerpos, los estaba tornando en clásicos que deben tratarse con sumo cuidado.


Pero en aquel desboque de la máquina, no hubo clutch, ni balata ni freno de motor. Era un camino interminable de bajada. Sus besos acelerados rompieron la tarde. Untaron sus lenguas sobre el maquillaje barato de sus rostros. Se besaron el cuello, y sus manos trazaron nuevas rutas bajos aquellos trajes desgastados, renegridos.


Los pequeños gandules contemplaron curiosos aquellos besos, aquel amor que los payasos se dieron a su manera, sin recatos, incendiario, provocador, extraño por desconocido; en el mismo lugar donde cazaban lagartijas y ratas. Los chiquillos sólo miraron, mudos, sin gestos, como posando para una fotografía; voyeristas de ocasión asomándose a otras realidades, estatuas de sal cuyo pecado, si algo pudiese imputárseles, hubiese sido la oportunidad: estaban en el momento justo y en el lugar preciso. Cualquier juez, bajo esas circunstancias, no dudaría: culpables. Milagrosamente, ninguna de las madres de familia se apersonaba a esa hora en la tienda de La Chata. No había motivo para temer que alguien rompiera la escena. Las estufas debían estar cociendo la cena y los tendederos soportando grandes cargas de ropa extendida, lista para orearse toda la noche.


Payaso y Jojoy rompieron aquel silencio atronador, tan lleno de preguntas, tan desbordante. En sus respectivos hogares, la mejor aproximación al verbo amar se relacionaba con los verbos tragar: “si no te quisiera no te daría de tragar”; golpear: “porque te quiero te pego”; habitar: “dale gracias a Dios que tienes un techo y no andas como perro en la calle dando lástimas”…


— No muevai tanto la cuna poique deipieitai al niño— dijo Jojoy.

— Jojoy dientei de serrucho— dijo Payaso y una feroz carcajada hizo que La Chata de la tienda saliera a correr con agua a los chamagosos.

— Órale, a su casa o le voy a decir a sus madres lo que estaban viendo— amenazó la dependienta y los chamacos corrieron en desbandada.


Los payasos cara blanca, atolondrados, medio abotonaron sus ropas, y caminaron abrazados, tambaleantes en dirección al circo, a cinco calles de distancia.


Los años transcurrieron. Payaso se casó joven y se convirtió en padre con las obligaciones que ello implica. Ejerció diferentes oficios: fue ayudante de taquero, pero picar cebolla y lavar las tripas le causaba llanto y repulsión; fue morrongo, pero la sangre le daba asquito; como ayudante de albañil también fracasó porque la mezcla le quedaba aguada.


Pero los caminos de Dios son inescrutables, y Payaso encontró la oportunidad de oro para ejercer profesionalmente el trabajo soñado, aquel que garantiza hacer lo que a cada uno le gusta y, además, recibir un salario por ejercerlo: se transformó en un auténtico payaso. Al principio no fue fácil. Aprender las rutinas y perfeccionarse en el difícil arte de hacer reír le costó varios litros de lágrimas: hubo quienes se negaron a pagarle bajo argumentos absurdos, y también recibió amenazas de muerte porque no hizo reír al padre del festejado. Pero quién puede hacer reír a un tipo drogado con solvente que se siente más gracioso que el artista.


Historias de este tipo le sucedieron con frecuencia. Regularmente, los chiquillos malcriados le arrancaban las narices postizas; en la mente de muchos estaba la idea de que agredir al payaso era un derecho, aceptable por aquello de “el que paga manda”, y “si no le gusta hacer reír, para qué se alquila”.


También hubo intentos fallidos de parroquianos que se creían graciosos e intentaron alburear al payaso sin medir las consecuencias; porque en eso de Melón y Melames, el payaso se pintaba solo y rápido como pronto les daba la vuelta y los volteaba de revés en su ignorancia supina, en lo más básico: el lenguaje del barrio. Pero a nadie le gusta perder, y menos ser albureados con inteligencia, por eso se victimizaban, y se negaban a pagar el espectáculo porque el payaso les había exhibido en sus primitivas pretensiones de joder a alguien, porque Payaso entendía bien aquello de la dignidad del artista. Porque les faltó barrio y sensibilidad para saber dónde y cuándo. Porque su jefita sólo les dijo que eran bonitos y ellos lo creyeron. Porque pensaron que sólo ellos podían ser malos y gandallas. Y de eso, payaso sabía mucho, y Jojoy, y la banda de chamagosos también. Porque Payaso estaba ganándose el pan haciendo algo que le gustaba, y que disfrutaba desde niño: hacer reír. Porque sabía que vivir amargado es un pesar. Por eso Payaso salía de su casa, casi todas las tardes de sábado y domingo, y se persignaba pidiéndole a Dios que le evitara tratos con tipos frustrados y gandallas.


Este día, Jojoy toma en sus manos la urna que contiene las cenizas de Payaso. Con un trozo de papel higiénico quita el polvo que ha logrado colarse al nicho donde reposa desde hace varios años. Esas inescrutables rutas divinas lo llevaron a formar una nueva familia en un país de Sudamérica, donde murió. Sólo la mitad del polvo al que volvió, según reza la sentencia bíblica, regresó al país. La otra mitad se quedó allá.


Jojoy resiste las ganas de reírse, porque aprendió a reír en la tragedia. Porque le causa gracia que su mejor amigo esté metido en una caja de madera aparentando ser la mismísima muerte: bufona, vacía, blofera y fanfarrona. Está seguro de que el Payaso está actuando.


Una vez que el empleado del panteón coloca el seguro en el nicho. Jojoy imagina a su amigo Payaso cumpliendo el viejo ritual del maquillaje. Mira su rostro tipo Augusto, aunque siempre ha sabido que su corazón era Tramp o vagabundo. Sabe por él que la mera existencia requiere de unos zapatos grandes.


En el camposanto, la voz y las risotadas de dos cábulas se escuchan claramente piropeando jóvenes imaginarias: “No muevai tanto la cuna poique deipieitai al niño”.



* Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva por la UNAM. Poeta, narrador y editor. Ha publicado en El Financiero, Revista Generación, Versus, Alterarte, Nezáfora, Cultura Urbana, Maraca News, Ala-Tinta, Los deseos de la cachorra y Hotel Cinco letras.

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