Un año que parece de Escher pero es más como Plutón

Por Carol Perelman

@carol_perelman


Los ciclos por definición son fases que suceden ordenadamente hasta llegar a un estado específico y entonces volverse a repetir. Así son los ciclos naturales del agua, las fases lunares, las etapas del sueño. Avanzan y parecen regresar. Son algo así como resortes que retornan a su origen ó círculos con puntos finitos que eventualmente nos llevan al lugar inicial.


Sin embargo los años tienen algo peculiar. Desde niña trataba de imaginar la forma que tendría un año para asignarle a cada mes una imagen mental definida y marcar ciertos eventos en esa herradura, línea, círculo u óvalo abstracto. Nunca decidí sobre la figura definitiva pero siempre fue claro que cada año era distinto. Hoy es evidente que estaba buscando en la geometría equivocada, el año no podía ser una figura plana, los años son cíclicos pero tendrían que ser un espiral tridimensional. Ascendente. Infinita. Los meses se reciclan y los sucesos repetitivos que lo marcan son fijos, pero al ser el tiempo tan dependiente de nosotros es lógico que avance. Evolucionan los años sin regresarnos al mismo lugar. Más bien nos llevan a espacios desconocidos y nuevos por explorar.


Y sin embargo, este año que comienza parece que tiene lastre, como en una experiencia de déjà vu mezclado una especie de hartazgo sofocado. Casi como si estuviéramos dentro de un cuadro de Escher, donde la ilusión óptica nos asegura que hemos avanzado pero la sensación es que seguimos aún atorados en este espacio aparentemente sin salida llamado pandemia. En que justo cuando parece que vamos subiendo, en realidad estamos estancados, o peor aún, vamos en descenso encontrando en sentido opuesto elementos que antes no considerábamos, haciendo que el laberinto se torne aún más complejo y con menos ángulos de giro.


Si aún viviera el gran maestro neerlandés Mauritis Cornelis Escher posiblemente pintaría en uno de sus grabados al ser humano haciendo metamorfosis y convirtiéndose en personas más conscientes de su entorno y del prójimo. Haría mosaicos teselados usando planillas enteras de cubrebocas intersectando esféricas partículas virales. Y vería en su emblemática esfera, el reflejo de sí mismo, de un humano de ciencia y arte admirando la creación de vacunas, del desarrollo de nuevas estrategias en tratamientos, y de toda esa resiliencia fortalecida que surgió en cada uno de nosotros gracias a estos tiempos inciertos.


Y es que aunque Delta sí ha cambiado por completo las reglas de éste episodio que pensábamos ya dominar, estamos como humanidad en una situación de vulnerabilidad mucho menos desprotegida que hace justamente un año. Y eso es un logro enorme. Con dolor y mucho miedo, hemos podido normalizar la pandemia e integrarla a la cotidianidad gracias a que la ciencia nos ha brindado herramientas que antes no teníamos.


Sí, seguimos con cubrebocas; sí, seguimos evitando acudir a reuniones y sí, seguimos con cautela, tal como antes; sin embargo, un año y medio después, hemos retomado muchas de nuestras actividades al ir aprendiendo lo que la ciencia nos enseña diariamente con constancia y dedicación.


Hoy, a diferencia de hace un año, tenemos vacunas eficaces que funcionan como seguros de vida, conocemos que la vía principal de contagio es el aire y por ello modificamos nuestro comportamiento para evitar infectarnos, y el personal médico ha acumulado experiencia y habilidad disminuyendo la letalidad. Hoy COVID-19 es una enfermedad que podemos prevenir, que aún no tiene cura, pero que entendemos mejor cómo tratar, y que aunque sigue plagada de misterios sin dilucidar, ya estamos comenzando a controlar al vacunar.


Hoy pareciera, pero ya no estamos embebidos en un cuadro perpetuo de Escher, sino más bien somos dueños del pincel, del lienzo y del papel. La ciencia nos ha hecho libres para trazar nuestro destino como individuos y como humanidad. Ya el virus nos obligó a entender la gran interconexión que tenemos todos los humanos del planeta, de la importancia de pensar en más allá de nuestras narices y de que las acciones de cada uno repercuten, a veces con la muerte, en los demás. Pero a pesar de que el virus sigue y la pandemia no ha terminado, ya hoy existen formas de vivir a pesar de él e incluso la adversidad nos ha invitado a hallar mejores versiones de nosotros.


No ha sido fácil. No. Ha sido un camino sinuoso en que día con día las evidencias científicas van surgiendo para confirmar lo que ya suponíamos, corregir lo que hacíamos o reorientar los esfuerzos que asumíamos como certeros. Primero era no uses cubrebocas y ahora es imprescindible, necesario. Queríamos antes desinfectar absolutamente todo y ahora sabemos que es innecesario, inútil. Confiábamos ciegamente en las vacunas como blindajes y ahora nos protegen para lo más importante, nos mantienen vivos. Para cualquier persona este estira y afloje es confuso, pareciera como irresponsable e injusto, pero es que nunca antes habíamos visto la ciencia en construcción. Pero así es como se edifica. Lo que pasa es que la ciencia estaba tras bambalinas. Nos habían contado en el colegio sobre el Método Científico, pero no habíamos sido testigos de su manifestación en la vida real con impacto directo en nuestro bienestar.


Pero así también lo vivieron varios, como Galileo. La ciencia se va auto corrigiendo y re calibrando para ajustarse a la realidad que trata de describir. Y tiene un rigor tan exquisito que a pesar de la incertidumbre tan profunda nos ha dado siempre luz. Siempre siendo nuestro referente, guía, compás. A veces la misma ciencia teniendo más preguntas que respuestas, pero siempre aceptando sus limitaciones con honestidad.


Y ese vaivén me recuerda justamente a la destitución de Plutón como nuestro noveno planeta hace exactamente 15 años, cuando los astrónomos encontraron cuerpos más allá de Neptuno y tuvieron que redefinir el concepto de planeta excluyendo desde entonces al excéntrico Plutón. No importó que ya todos desde la primaria hacíamos maquetas con nueve esferas, ni tampoco que le teníamos un peculiar cariño a ese pequeño último astro. La ciencia lo dictaminó con su lógica infalible, y Plutón fue degradado. Lo extraño, si. Pero la ciencia no trata ni de sentimientos, ni de emociones ó preferencias. Se basa en evidencias contundentes acordadas por varios. Tal como lo hemos vivido durante toda la pandemia. Hoy tu y yo somos testigos del método científico en acción. De ese método que nos tiene hoy comenzando un año en ascenso, sí distinto al anterior, más cerca de la salida.


Finalmente es reconfortante saber que la ciencia, de todos y para todos, sigue constantemente avanzando hasta el infinito, que está cerca de nosotros y también recorriendo un espiral, pero a pesar de seguir con más preguntas que respuestas, es dinámica y vigorosa. Lo que es seguro es que la ciencia nos tiene fuera de un paradójico cuadro de Escher colmado de espejismos estáticos. La ciencia nos mantiene con una visibilidad prometedora. Optimista. Con la orilla aún lejana, pero con ánimos de comenzar un nuevo año lleno de esperanza, sueños, y compromisos.


Lo bueno de la ciencia es que es (lo más cercano a) la verdad, creas o no en ella.