Por salud mental, incentivemos el humanismo con las bellas artes


Por: Fernando Silva


En todo el mundo es altamente reconocido que el estudio y la práctica de cualquiera de las bellas artes propicia en todo ser humano un positivo y espléndido proceso de causa y efecto anímico, cultural y social, además de contribuir favorablemente en la estructura cognitiva; lo que ha suscitado en el veinteañero siglo XXI, una llamativa revitalización del conjunto de disciplinas humanísticas como excelente recurso pedagógico en la formación y desarrollo de toda persona; potenciando el desempeño de la actividad somática y psíquica para transitar por rutas específicas del conocimiento que nos permitan a todos estar en consciente armonía con nosotros mismos, con todo ser viviente, la naturaleza, el planeta y ese espectacular universo que se encuentra más allá de la atmósfera terrestre. Paralelamente, se ha investigado y experimentado —con felices resultados— el intrínseco valor de las expresiones artísticas en los procedimientos terapéuticos y curativos en gente que padece enfermedades crónicas y mentales. Por ejemplo, la constructiva influencia que la buena lectura brinda al estado de equilibrio entre una persona y sus entornos, asimismo, las beneficiosas causalidades generadas al aprender a pintar y, posteriormente, observar los notables efectos en la salud de cualquier persona al realizar sus propias piezas, integrándose generosamente a la mejoría en su calidad de vida, al conjunto de prácticas y conocimientos médicos, así como a los diversos tratamientos en los daños físicos y/o alteraciones en las funciones psíquicas de los pacientes.


Pensando con detenimiento el concepto de «Salud Mental» para aludir desde la serie de patologías psiquiátricas y problemas psicosociales, hasta el conjunto de iniciativas públicas sanitarias, sociales y políticas asociadas a la «Higiene Mental» han logrado una admirable relevancia en específicos ámbitos académicos y de investigación médica-psiquiátrica. En ese sentido, desde sus orígenes en 1948, la Organización Mundial de la Salud (OMS) cuenta con una sección de Salud Mental, que a su vez fundó en 1949, el National Institute of Mental Health, lo que entonces dejó de manifiesto el interés de las naciones miembros por tan especial asunto; desgraciadamente, con el tiempo se ha demostrado que es un tema que se encuentra lejos de atenderse en la mayoría de esos países firmantes y, por lo contrario, al parecer es hasta conveniente para quienes tienen alterada intención de controlar a la humanidad. Por lo que buena cantidad de doctores en medicina, psiquiatría o en osteopatía, al igual que parte de los centros de investigación médica-social, apelan insistentemente a los gobiernos el reanimar su campo de trabajo —en bien de la salud mental— con técnicas artísticas, lo que no quiere decir que, quienes gobiernan, sepan o les interese de lo qué están hablando; por lo que el impulso reformador y modernizador en temas del bienestar emocional, psicológico y social de toda persona, es cercenado por las instigaciones económicas, políticas y de mando que los poderes fácticos propagan al instaurar dictaduras; generando conflictos bélicos y caos en los países con menor desarrollo económico, hurtando recursos naturales, depreciando las monedas para fortalecer las propias y mostrando poco interés por las expresiones estéticas.


De hecho, de este tipo de concepciones ambivalentes nació el humanismo, que es más una actitud que un movimiento y que puede ser definido como una afirmación de la dignidad humana, la cual se funda poniendo el acento en los valores humanos de libertad y razón, dos postulados que derivan en responsabilidad, conciencia, respeto y tolerancia. En ese entendido, nada tiene de insólito que esta sensata conducta sea pugnada por conservadurismos religiosos y tendencias de extrema derecha, partidarias de la autoridad y sometimiento de las élites que le niegan todo valor humano a quienes consideran no aptos a su condición y que creen paradójicamente en un destino divino, así como impulsar ideologías clasistas y racistas que proclaman sistemas autoritarios y antidemocráticos, además de instar la omnipotencia de las clases dominantes por nación, raza, estatus social, tono de piel… con la intención de establecer entre estos grupos de control la preeminencia de unos sobre otros. Por lo tanto, para quienes aprueban estos dogmas, un humanista es un ideólogo, un revolucionario, un socialista, un herético o un iluso.


Ante deletérea circunstancia, hay que tener en consideración que el cavilar no es sistemático sino dialógico, es decir, no sólo es metódico sino intencional y propositivo. Lo que exige respuestas y objeciones, consenso y disensión, por lo que únicamente en el ambiente de la deliberación libre y proporcionada al mérito, se puede desarrollar de manera significativa el pensamiento humano y, aún más, el artístico. Tan singular capacidad implica y requiere del diálogo en bien común, tanto con los otros como con uno mismo; a tal efecto, el propio conocimiento, cuando es constante y perseverante, implica la aquiescencia de la pluralidad interna, del lenguaje otorgado por lo externo y por lo que cada quien cultiva en función de los fundamentos y métodos de comprensión, lo que naturalmente nos permite hacernos valer con certeza y alegría de la estimulante técnica de la espiral para continuar con nuestros racionales y saludables objetivos.


En virtud de lo anterior, la pluralidad interna reforma mi capacidad de reconocer la realidad circundante y de cómo me relaciono con ella, dado que, de ser unitaria se ve transformada en una técnica que denomino «La esfera». En consecuencia, al activar mi proceso creativo se incorporan individuales voces —o personajes— que en sano debate articulan posturas distintas e ideologías dispares, por consiguiente, les considero un alto valor a los juicios y puntos de vista de cada uno de mis protagonistas mentales. Así, mi conciencia es excitada por esta comunicación intrapersonal que me permite observar, analizar, diversificar y exponer, desde otra perspectiva, extraordinarios aspectos de lo que realizaré al pintar, dibujar, escribir e incluso al pensar. En tan singular entorno mental, establezco una deliberación interior marcada por las condiciones personales y socio-históricas que me han formado; generando heterogeneidad en mis expresiones artísticas que dan cuenta —de manera diferenciada— mis necesidades intelectuales y creativas.

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