Por humanidad, ayúdame a reírme del dolor

Por Fernando Silva


Diversas investigaciones y prácticas en el campo de la psicoterapia han confirmado la trascendencia de la risa y el humor (no hiriente) para hacer frente a enfermedades físicas y mentales, de hecho personajes como el filósofo Aristóteles; el científico naturalista Charles Robert Darwin; el médico neurólogo Sigmund Freud; el filósofo Henri-Louis Bergson; el neurólogo, psiquiatra y filósofo Viktor Frankl; el psiquiatra Aaron Temkin Beck… dedicaron importantes reflexiones, indagaciones y escritos sobre el particular. En la actualidad, es posible leer —en estudios y publicaciones— la reconversión que ha tomado el asunto teniendo en cuenta los factores históricos, filosóficos, culturales, sociales, antropológicos, psicológicos, médicos, biológicos, fisiológicos, endócrinos y neuroquímicos que se relacionan con la necesaria oportunidad de reírnos y de ocuparnos —hasta el agotamiento— en el disfrute del buen humor en beneficio de nuestra salud tanto física como mental y, por ende, en favor de la imperiosa calidad humana que siempre apela al bien común.


Por lo que es fundamental considerar que la gente con sentido del humor o con buen humor en su día a día, no es que se ría sobradamente o de cualquier cosa, sino que probablemente sea a razón de que se percibe la vida con una actitud desenfadada y agradecida, ya que lo trascendental no es lo que sucede, sino de cómo interpretamos lo que nos acontece; en ponernos expectativas personales y profesionales que resulten accesibles de alcanzar; disfrutar lo que se ha logrado sin perjudicar a nadie y basar nuestra calidad de vida en el modo de observar, pensar y asumir lo que se nos presenta continuamente. De ahí que una persona que sonríe, decididamente asume su realidad y la responsabilidad de sus actos siendo capaz de bromear consigo mismo y con la combinación de factores y circunstancias que se le presentan en un momento determinado, colocándose en un escenario de ¡ganar-ganar! Por lo tanto, el interminable aprendizaje y proceder consiste en optar por criterios amparados en la dignidad, el respeto, la conciencia, la inteligencia, el afecto y el conocimiento, que reiteradamente confieren justos beneficios para el sano sostenimiento del decoroso y meritorio buen vivir.


Paralelamente, están los trastornos de la conducta, que engloban un amplio abanico de comportamientos como la renuencia a las normas sociales y a buena parte de las representaciones de autoridad, cuya derivación se refleja principalmente en el fastidio o la perturbación crónica al convivir con otras personas. Tal conducta es regularmente atribuible a factores externos, pero también a sentimientos, percepciones y hasta pensamientos que suelen preocupar de diversas maneras a familiares y médicos e incluso a importante cantidad de gente con la que conviven, por lo que si no se les brinda un adecuado pronóstico y tratamiento, éstas personas pueden agravarse, generándoles mayores consecuencias negativas en lo personal y en sus entornos sociales. Su clasificación —de acuerdo a lo que mencionan los especialistas— plantea dos grupos de síndromes, el primero, es denominado conducta de ruptura de las normas y, el segundo, comportamiento agresivo; y a posteriori, se plantea un grupo de comportamientos dentro de la conducta como: Exigir atención, agredir, amenazar, fastidiar, ser irritable, envidioso, desobediente, tirano, entre otros trastornos del comportamiento.


Al respecto, hay diversos tipos de dolor, como el agudo, que es una respuesta fisiológica y predecible del organismo frente a una agresión química, física o traumática; el crónico, que suele persistir más de tres a seis meses desde el momento de la agresión tisular; el somático, cuyo origen es la información nociceptiva procedente de cualquier tejido que constituye la estructura del cuerpo: Huesos, músculos, articulaciones, ligamentos y tendones de la columna, tronco y extremidades; el visceral, que proviene de órganos internos como el corazón y grandes vasos, los pulmones y las vías respiratorias, el aparato digestivo, el hígado, vesícula biliar, los órganos urológicos (riñones y vías excretoras) además del aparato reproductor; el psicógeno, que no puede ser atribuido a una causa orgánica. Asimismo, los especialistas estiman que los factores psicológicos desempeñan un papel importante en el inicio, la gravedad, la exacerbación o la persistencia del dolor, entre otros padecimientos que sufre buena parte de la humanidad. Por otra parte ¿qué hay del dolor provocado por causas humanas hacia los ecosistemas, el medio ambiente, a las especies marinas y terrestres, incluso al propio ser humano? Tenemos que observar, reflexionar y actuar en favor del bienestar común, ya que el cambio climático a causa de la deforestación y la contaminación en todas sus variables, la falta de acceso al agua no salada, la profusa extinción de especies, el crecimiento de la población humana y la violencia en sus diversas y lamentables manifestaciones, están amenazando drásticamente al planeta por patéticas tendencias difíciles de tolerar, más cuando aún estamos en posibilidad de evitar un mayor desastre, así como de reparar los daños ocasionados. Evidentemente para lograr tal objetivo, tenemos que poner primero en práctica una profunda sensibilización y conciencia.


En ese entendido, está claro que resulta un proceso complejo y, se podría decir, que es lamentable advertir cómo un gran número de individuos no pensantes, consideran hacer algo hasta que tienen los problemas y sus afectaciones correspondientes por doquier, al grado de que el miedo y la inseguridad los paraliza hasta colapsar. Simplemente, no saben qué hacer. De ahí que sólo quien lo sufre sabe lo que se siente, e incluso, se les dificulta el transmitir a otros los detalles, matices y sensaciones que acompañan las dolorosas experiencias. Por ello, hay que informarnos para estar preparados ante cualquier circunstancia que pueda alterar nuestra vida, procurando evitar la mayor torpeza destructiva de la humanidad, la estupidez, y mostrarnos certeros a partir de que en lugar de preocuparnos nos ocupemos en corregir los escenarios negativos. Aún mejor, el reír, se asocia con la reducción de hormonas causantes del estrés como la adrenalina, el cortisol y la dopamina, asimismo, el cerebro lo interpreta liberando endorfinas, serotonina y otros analgésicos naturales que ayudan a tener una sensación de bienestar y reducir los niveles de tensión provocados por situaciones agobiantes y, por ende, de dolor.


En el espíritu de promover y fomentar conductas que procuren una red de seguridad personal y social en provecho de todos, van cinco estipendios que nos brinda el sonreír y procurar el buen humor: Mejora el bienestar personal; refuerza la salud cardiovascular; fortalece las defensas (sistema inmunológico); se supera de mejor modo el miedo y se puede vivir más tiempo o, por lo menos, se disfruta con mayor alegría la vida. Por lo que nos queda confiar en que si contamos con más gente sonriendo, es posible tener un mejor mundo para vivir.

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