Pensar y actuar en bien de todo ser viviente

Por: Fernando Silva


En la ciencia psicológica, la investigación de la inteligencia es objeto de interesantes debates y elaboradas deliberaciones éticas, políticas y culturales, de ahí que resulte habitual el que cada estudioso la afronte asumiendo sus particulares experiencias, así como su manera de pensar y de sentir. Etimológicamente, psicología proviene del latín intelligentia, que a su vez deriva de inteligere, palabra compuesta por los términos: intus (entre) y legere (escoger) por lo tanto, hace referencia «a quien sabe elegir» lo que le brinda una significación asociada al discernimiento, por lo tanto, la capacidad de pensar y actuar pueden ser conducidas hacia el bien común, obviamente, apartándose lo más posible del actuar injusto y del mentado e irresponsable «hago lo que se me da la gana» más, cuando no se tiene en cuenta los efectos nocivos de nuestros actos, en contraparte, tales cualidades pueden ser disuadidas por oscuras convicciones que parten de enfoques autoritarios con inmisericorde excusa para imponer ideologías con falso escrúpulo y una serie de convicciones que amparan el extremismo, el radicalismo y la discriminación por motivos raciales, religiosos, económicos, sociales, políticos, culturales, de diversidad sexual, de edad o de condición física y mental.


De esta manera, la facultad para considerar y desarrollar el pensamiento, el aprendizaje, la manipulación, el procesamiento de información y la representación de símbolos para disfrutar de excelentes realidades o para afrontar inconvenientes, nos permite valorar las diversas condiciones e inclinaciones que nos llevan a inferir los circunspectos modos para brindar buen ejemplo y calidad humana, además de que las prácticas prolongadas que nos proporcionan conocimiento nos sirvan como guía para obrar de la mejor manera hacia todo ser viviente. Por lo tanto, los sanos modelos educativos —desde los hogares— nos permiten acceder a la sensatez, siendo resultado de singulares variantes de acuerdo al entorno familiar y al tipo de inteligencia: Lógico-matemática, lingüística-verbal, visual-espacial, corporal-cinestésica, intrapersonal, musical, interpersonal y naturalista, en las que podemos tener mayor dominio en una, inclinación hacia otra, menor grado en algunas, así como asumir una combinación de todas para forjar nuestro carácter y convicciones. Obviamente, se han brindado un sinnúmero de tesis sobre la inteligencia, por lo que determinarla con precisión representa tremendo reto, además de no ser posible el aplicar una sola hipótesis a todos.


Al ser un concepto tan amplio, implica elevar las virtudes como la paciencia, el respeto, la tolerancia, así como el respetuoso uso del lenguaje en los ámbitos personales, familiares y sociales. En ese sentido, existen estudios relacionados a la correlación entre el promedio académico, el coeficiente intelectual y la inteligencia emocional, en donde algunos investigadores identificaron que las capacidades y habilidades necesarias para obtener logros de cualquier tipo, eran diferentes —que van más allá del uso de la lógica y la racionalidad— y que no pueden evaluarse mediante uno o varios tests de inteligencia, por lo que es necesario tener en cuenta una concepción más amplia de lo que son las destrezas cognitivas básicas, en concreto, aquello que entendemos por inteligencia. En consecuencia, va el cuestionarnos: ¿Por qué un alumno avispado no necesariamente es el más destacado en el aula? ¿por qué hay personas que son más aptas que otras para afrontar contratiempos, superar obstáculos y observar los bretes sin tanto alboroto? ¿por qué una persona con notable grado académico puede que no sea la más inteligente entre un grupo de profesionales? ¿por qué existen seres humanos dotados de habilidades artísticas que, además, viven sosegados, sin frustraciones ni mayores alteraciones mentales? ¿por qué hay gente que acentúa para bien su capacidad de trabajar en equipo y adoptar una actitud empática y sociable? ¿será que la inteligencia emocional nos permite asumir mayor conciencia de nuestro entorno, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones económicas y frustraciones laborales, lo que brinda mejores posibilidades de desarrollo en todos los ámbitos de la vida?


En ese sentido ¿Fuimos educados y formados para obtener un trabajo pero no para ser despedidos? ¿a iniciar una relación pero no para asumir la separación? ¿a sentirnos jóvenes pero no para aceptar la vejez? ¿a entusiasmarnos con una idea pero no a renunciar a ella? ¿estamos menos preparados para la muerte que para un nacimiento? Por lo anterior, es importante recapacitar en nuestro proceder diario y en estar al tanto sobre el sano bienestar personal y del prójimo, del planeta y de los ecosistemas. Esto para muchos es parte del sentido de la vida, pero para otros, está en la obtención de riquezas, fama y poder.


Sin lugar a dudas es preferible ser respetado y amado que ser temido y vilipendiado, de ahí que la calidad de nuestra vida depende en buena medida de nuestra inteligencia y de cómo generamos pensamientos en bien común. Sólo un desarrollo interior pleno da sentido a nuestra existencia, por ello, nuevamente en el presente espacio difundo con gusto lo que los hippies argumentaron en las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado —cuando defendieron la paz— criticando el consumismo y exaltando la felicidad, el amor y, principalmente, el respeto hacia la Madre Tierra. Por el contrario, señalo a los «urbanícolas» sedientos de prestigio, lujo, protagonismo y autoridad, mejor conocidos como los yuppies, que aún exaltan el consumismo, apoyan entre otras cosas las guerras, so pretexto del desarrollo tecnológico y económico y dañan al planeta defendiendo industrias irresponsables y altamente contaminantes, mientras «viven» algo más que abrumados por el trabajo, mismo que les mantiene la promesa de que en algún momento lograrán sus ambiciosos objetivos.


Al final del día, no importa tanto obtener lo que uno quiere como disfrutar lo que uno tiene, ya que la inteligencia no consiste en buscar tan sólo nuevos horizontes, sino en tener la capacidad y voluntad para observar y disfrutar la vida con plenitud, satisfacción y, primordialmente, con respeto, conciencia y dignidad.