Nacemos para morir, pero ¿morimos para volver a nacer?


Por: Fernando Silva


Para la mayoría de la humanidad, la muerte es un hecho contundente, complejo y profundo de la vida, tanto desde el enfoque personal hasta el filosófico, cultural, religioso y científico; no obstante, desde la ontología se abre un basto abanico ideológico en donde morir —de manera no violenta— tiene una dimensión cercana a la paz mental. Tres ejemplos, en la tradición budista, fallecer es un instante de trascendencia que supone la evolución de una existencia a otra y en donde la meditación representa una interposición cardinal que ayuda a la persona en el cultivo de la sabiduría, misma que le permitirá la eliminación del Karma y la transportará a la liberación del ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación (Saṃsāra). En Japón conviven en armonía los sentimientos de veneración sintoísta y budista, teniendo en común la importancia del alma de los seres vivos, por ello —al morir las personas— siguen siendo igual de importantes. De ahí que en el sintoísmo, prevalece el dogma de que cada individuo alberga un Kami (神 – espíritu divino) en su interior que está atado y debilitado dentro de su cuerpo; al morir, su alma racional recobra su poder y sale de las entrañas del difunto interactuando de distintas maneras con el mundo de los vivos. En la cultura mexicana, la importancia de los estudios histórico-antropológicos acerca del fenómeno de la muerte nos llevan hasta el período prehispánico, en donde el culto a la muerte es primordial como deidad, signo calendárico, potencia de la que surge la vida, siendo un distintivo clave en sus rituales; mismos que fueron alterados con la llegada de los españoles y sus despiadados procesos de eliminación, así como de hibridación por efecto de imponer su religión. El resultado dio lugar a un sincretismo que se ve reflejado en mitos, ritos, costumbres, tradiciones… como la celebración del «Día de Muertos» en la cual —el retorno transitorio de las ánimas de los difuntos— se asume además para mitigar el dolor.


Obviamente, para gran parte de las personas la finitud de la vida es un proceso individual, pero también es un suceso que tiene trascendental efecto en quienes se relacionaron con quien muere. En esa circunstancia, el fallecimiento no suele admitirse en total claridad mental o raciocinio, de ahí que para buena parte de los seres humanos les resulte como un hecho infortunado o como un acontecimiento inconcebible y hasta injusto. Ahora bien, que pasaría si tuviéramos la consciencia de que al sucumbir nuestro cuerpo, aquello que constituye lo más importante —ese nuestro ser incorpóreo y dotado de capacidades metafísicas— se transportara más allá de nuestro actual alcance y de las leyes básicas de la física, por una especie de pasadizo, como un agujero de gusano que conecta dos puntos en el universo y eclosionáramos en otra vida ¿reflexionaríamos con mayor profundidad sobre nuestro proceder para llevar a cabo una evolución en mejores condiciones socioemocionales, metacognitivas y socionaturales?


Sin ser crédulo e iluso, en diversos círculos sociales es recurrente escuchar que «Muchas cosas no tienen lugar, si antes no fueron soñadas» por consiguiente ¿será que en los sucesos que se representan mientras dormimos es cuando aparece nuestra individualidad en un orden pormenorizado y de mayor profundidad? y ¿si los sueños tan sólo tienen como objetivo un adiestramiento propedéutico para advertir, en un intervalo de espacio-tiempo, otras existencias? Cavilando en esto, pongo en consideración una analogía citando al astrónomo, astrofísico y cosmólogo Carl Edward Sagan, en palabras de la Dra. Ellie Arroway, protagonista de su novela de ciencia ficción Contacto «Si nosotros somos la única civilización que existe en el Universo, que enorme desperdicio de espacio». En ese orden de las ideas ¿no es también una pérdida de experiencias, conocimientos y virtudes, si todo se diluye con el «término de la vida»? y ¿quién puede negar o asegurar categóricamente que existe vida después de la muerte? así que, plantearse la posibilidad de proseguir la vida después de morir, es otro sueño que quizás algún día podamos constatar. Sobre el particular, el neurocirujano y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, Eben Alexander, relata en primera persona en su libro La prueba del cielo, después de estar sumido en un profundo coma durante una semana «…viajé a otra dimensión del universo; una que nunca antes pude llegar a soñar que existiese».


Asimismo, sabemos que las manifestaciones literarias —principalmente las de ciencia ficción— posibilitan a los científicos rutas del pensamiento que llegan a influir en sus áreas de investigación, por lo que cabe destacar a escritores que presumiblemente realizaron sus obras a partir de un sueño y que además gozan de gran repercusión intelectual: Julio Verne, Herbert George Wells, Hugo Gernsback, Mary Shelley, Isaac Asimov, Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, Arthur C. Clarke, Frank Herbert, William Gibson, Philip K. Dick, Robert A. Heinlein, Adolfo Bioy Casares… que además acercan a un público que gozamos sus cautivantes novelas, reconociendo cómo su cualificación creadora desborda de manera positiva nuestra capacidad de vislumbrar espléndidos escenarios, que quizás de otra manera nos resultaría intrincado considerar, imaginar y reflexionar, así, hasta llegar a compartir generosas deliberaciones con otros lectores, familiares y amigos.


Para la Onirología (la ciencia de los sueños) estos se originan fundamentalmente durante la etapa REM (Rapid Eye Movement) afirmando que todos soñamos —incluyendo a buena cantidad de las especies animales— pero, para la mayoría de los investigadores sobre la finalidad que tienen se sabe poco, ya que no es un fenómeno reproducible, lo que es esencial para poder estudiarlos científicamente. Por otra parte, desde principios del siglo XX, se ha demostrado que la retención de la memoria es mejor después de una noche de sueño, que posterior a un intervalo de descanso similar manteniéndose alerta, sin embargo, en esa época se pensó que el efecto positivo observado no era específico, por lo que no fue posible concluir que el sueño en sí mismo pudiera tener un papel crucial en el proceso mnemónico y de aprendizaje. De esta manera, se manifiestan un sinnúmero de teorías que indican que pueden ser un epifenómeno —una manifestación marginal de la reorganización de la memoria— por lo que la interpretación de los sueños ha sido una mina de oro, un terreno apropiado para la especulación, falsas predicciones, creencias populares y dogmas.


Entonces, al menos es viable considerar (o soñar) en una vida en la que no existan luchas armadas, muertes violentas, catástrofes ambientales producidas por la humanidad, fronteras y mal trato de todo tipo, para construir relaciones en armonía, en respeto por los ecosistemas, fortaleciendo la igualdad, los derechos humanos, el estado de derecho y todo aquello que al hacer conciencia nos permita elevar la calidad de vida de todo ser viviente.


Tener presente que nacer y morir es un ciclo natural de la vida, por lo que bien vale el ponderar en nuestros sueños una interminable gama de soluciones en bien común y de nuestra Madre Tierra, y lo más importante, que es posible realizarlas sin confrontaciones ni maltratos.