Mole para las tías

Por Ricardo Medrano


Abuela se esmera en reunir los ingredientes para el mole: vendrán de visita sus hermanas y habrá comilona en su honor. Nicha es madre de Abuela y de sus cinco hermanas. De apelativo Luna, Dionicia quedó viuda muy joven. Abuela dice que los hombres la rondaban porque aún estaba de buen ver, pese a las seis hijas que había parido.


En casa de Abuela, durante varios meses, un guajolote ha sido atendido a cuerpo de rey: cema, maíz quebrado, agua limpia, casita techada… Es un ave gritona y furiosa que corretea a Trosmo por el patio, quiere incrustarle su pico en las corvas. Consciente de la furia del esponjoso-furioso-camaleónico guajolote, Trosmo insiste en provocar al animal: desde la puerta de una pieza, le sacude la chancla de plástico, el pájaro cambia de color las perlas encimadas que le adornan el penacho de su cabeza grumosa, como un ser derretido o leproso. Del nacimiento del pico cuelga un pellejo largo que afloja y encoge según su estado de ánimo; la abuela lo llama moco. El pájaro tiene nombre, Trosmo lo ha llamado Guajostín.


Después de varios días, Abuela ha logrado reunir los ingredientes para el mole. No hay plazo que no se cumpla y a toda capillita le llega su fiestecita: Guajostín es el invitado principal al mole para las tías, por no decir: el plato principal. Abuela pide a Trosmo que se oculte, que no mire cómo sacrifica el ave. El chiquillo se espanta con la sangre, pero puede más su curiosidad y trepa en una silla para ver, desde la ventana, cómo Abuela sujeta a Guajostín sobre un ladrillo y le extiende el cuello tirando de su cabeza y apoyando una rodilla sobre el resto del cuerpo del animal. Chata, tía de Trosmo, grita cuando el guajolote se incorpora y, como un espectro que busca su cabeza perdida, avanza un par de metros hasta chocar con la tapa de la pileta. Nadie entiende por qué Abuela suelta una carcajada y se apresura a tomar el cuerpo del animal y lo introduce en un balde de agua caliente para arrancarle las plumas que durante el proceso desprenden un olor a perro mojado.


Abuela radica en Lago Seco. Ella y Marce, la hermana mayor, son consideradas por Cleta, Mago, Clara y Pancha como las hermanas de la capital. Hay visitas recíprocas entre las hermanas Luna: una vez al año, Abuela hace un viaje de varios días para hacer memorias junto a sus hermanas. Cleta y Mago viven en Irapuato y tienen dos negocios callejeros de comida a un costado del monumento a los Niños Héroes. Una vende tamales de cabeza de puerco en salsa de chile guajillo. Margarita vende gorditas de masa de maíz amarillo, quebrantado. Clara vive en Tijuana, y Pancha radica en León, Guanajuato.


Las visitas a las casas de sus hermanas llenan el espíritu de Abuela de un sabor familiar: el sabor de las tunas verdes y rojas que gustosa comparte la tía Cleta con su familia que la visita. Todos toman asiento en bancos de madera, chaparritos, alrededor de la caja de frutos y todos comen hasta bloquear los intestinos.


Por su parte, en casa de Margarita se recrea la cocina de la abuela Nicha: en cazuela de barro, la carne de cerdo y chiles güeros, largos, martajados con jitomate pellejudo invitan a sopear el plato con tortillas hechas a mano, amarillas y grandes, de las que no puedes comer sólo una.


Años atrás, Abuela llenaba dos cajas de cartón grandes con bolsas de arroz, frijol, sopa de pasta, leche en polvo, ropa nueva, cafiaspirinas y dos pares de tenis para Nicha, su madre, quien vivía en León con Pancha, hermana de Abuela.


Conforme Nicha fue envejeciendo, padeció sus dolencias con mayor intensidad. Por eso se hizo adicta a las cafiaspirinas que le permitían soportar los dolores del cuerpo y mantenerse en pie: las tomaba hasta tres veces al día con sorbos grandes de coca cola fría. Sus pies deformados por la hinchazón toleraban, únicamente, los tenis de lona.


Abuela y Trosmo se encaminaban a la Central Camionera del Norte. Ella pedía al chamaco que estuviera atento a la caja de despensa para Nicha, la cual ponían en la panza del camión Flecha Roja. Por eso Trosmo, invariablemente, viajaba en el asiento del lado de la ventana. A ella le gustaba viajar de noche, prefería salir a las cero horas para estar en León, Guanajuato, a las cinco de la mañana y desayunar un atole de chaqueta —siempre reían cuando mencionaban esta bebida— con su hermana Pancha y con su madre, Nicha.


Por la noche, las luces del cielo parecían latir. Los árboles del camino simulaban ser el mismo árbol que se multiplicaba en un ciclo interminable, donde unos quedaban atrás y otros árboles simulaban aparecer de la nada y daban continuidad a la misma historia del viaje de Trosmo con Abuela que cada año se repitió hasta que Nicha murió a los ochenta y seis años, producto de una hemorragia masiva.


Todas las hermanas de Abuela tienen sus propias historias. Son madres de varios hijos, varones y mujeres, que han hecho de la familia extendida una especie de multiplicación de seres humanos en los que predomina el apellido Rodríguez, o bien, Prieto del abuelo, esposo de la abuela Nicha, asesinado una tarde de noviembre en el Mineral del Cubo en Guanajuato. Esa es una de las historias que las hermanas tienen en común.


Durante los numerosos viajes a casa de sus hermanas, Abuela gustaba de contarle a Trosmo, con gesto duro y palabras secas, un poco de la historia de su vida:


A mi padre lo mataron por un chisme. Por eso uno debe amarrarse la boca y morderse uno y la mitad del otro para atreverse levantar un falso. Quién lo dijera, pero a mi padre lo asesinaron a sangre fría. Lo mató un trueno, un estallido que salió de la boca negra de un arma. Todas corrimos hacia la puerta, nomás alcanzamos a ver cómo el hombre que le disparó dio media vuelta y nos dejó con nuestro herido en el suelo, batallando para ponerse en pie. Las piernas no le respondieron, tampoco el habla.


Con grandes esfuerzos tomamos a mi padre y lo arrastramos hasta el petate donde dormía, porque todos dormíamos sobre el piso de tierra. La bala hizo un hueco en su cabeza por donde brotaba un líquido descolorido mezclado con sangre y trocitos masa grisácea o, tal vez, blanquecina. Pero no acababa de morirse pronto. Cuatro días con sus noches estuvo quejándose levemente y abriendo la boca como un pez fuera del agua. Encogía y estiraba la pierna derecha hasta que rasgó el petate e hizo un surco grande en la tierra. Parecía querer decirnos algo, pero sólo su pierna intranquila parecía tener vida y estar desconectada del resto de su cuerpo.


Nosotras éramos chiquillas. Vivíamos en el cerro rodeadas de árboles que crecían sobre la rivera. Casi siempre comíamos quelites sin sal. Nos gustaba columpiarnos en los árboles y comer frutos rojos que soltaban mielecita blanca de una planta que crecía silvestre, como nosotras, que daba flores rojas, nomás que nos daba mucho sueño; por eso, al comer los frutos, trepábamos en un árbol: Margarita, Cleta y yo, y desde ahí mirábamos el cielo, adormiladas. Los pajaritos guitarreros nos arrullaban cuando alimentaban a sus polluelos. No sé decir qué imaginaba cada una de nosotras.


Porfirio, nuestro padre, siempre fue muy tosco con todas, además, le gustaba empinar el codo. Él se lamentaba por haber engendrado puras mujeres, pero ese no era impedimento para que nos fletara en el tajo del cerro donde había encontrado una veta. Porque, eso sí, conocía la tierra. Venía de una familia que por generaciones había trabajado en las minas de Guanajuato, donde se rebana el oro, hijos de la tiznada —le gustaba decir a Porfirio. Regularmente era callado—. Ahora estaba ahí, sobre el piso, sin que Dios se decidiera a dejarlo morir o aliviarlo de una vez. De nada le servía llamarse Porfirio Rodríguez o Porfirio Prieto, nadie sabía por qué cambió su apellido, pero, a fin de cuenta, era el mismo hombre, con el nombre que gustes y mandes, el que estaba indefenso sin alcanzar a morirse ni a vivir por completo. Porfirio a medias, como siempre, igual que nosotras en el Mineral del Cubo. Tal vez Dios lo estaba dejando morir de a poco, por aquello que dicen que, en los últimos momentos de la existencia, nuestros recuerdos pasan frente a nosotros. Hasta podríamos pensar que las cosas de su conciencia le daban energía suficiente para arrepentirse de los males que hizo, metido en esa cárcel solitaria de su cuerpo agonizante.


Es cierto que uno no debe juzgar a los padres, pero, mi padre, que en gloria del Creador esté, no fue muy cariñoso con nosotras: nos llevaba a trabajar a la veta y debíamos bajar por el tajo, varios metros. Regularmente, Margarita o Cleta bajaban conmigo. Puede que por el deseo de mi padre del hijo varón que nunca tuvo, a todas nos haya puesto sobrenombres de animales machos: Mago era El Tejón, Cleta era El Tlacuache, yo era El Ratón. Y como machos nos trataba.


Le gustaba que le hiciéramos caso al primer grito, aunque era difícil entenderle porque tenía una curiosa forma de pronunciar, como que masticaba el aire. Era muy mal hablado. A punta de golpes nos enseñó a tantear con la mitad hueca de un cuerno de buey. Él nomás rascaba una muestra de la pared del tajo con una martelina, le ponía un poco de agua y luego de escurrirla miraba el sedimento, su experiencia le indicaba si estaba en el lugar correcto para devastar la pared y sacar un poco de mineral. Se ponía gustoso si la muestra era buena, de lo contrario, nos arrojaba el cuchillo hacia las corvas; yo tengo un par de heridas en los talones donde se me incrustó el filo y nomás se quedaba bailando la hoja, clavada entre carne y hueso.


Por eso digo: no lo juzgo, pero cariñoso no era. Creo que, a pesar de ser pobres y vivir en el cerro comiendo quelites sin sal y frutillas que nos daban sueño, si mi padre no se hubiese bebido el dinero que ganábamos rascando el tajo en el cerro, hubiésemos tenido, por lo menos, una muda de ropa; porque cuando nos bañábamos, también aprovechábamos para lavar el único vestido que teníamos, por eso lo poníamos a secar embrocado en un truenito; el sol hacía su trabajo rápidamente y cuando acabábamos de bañarnos ya estaba seca y planchada nuestra única muda.


A Mago y a mí nos tocó acompañarlo a Guanajuato a vender el mineral que sacábamos: muchas piedrecitas pequeñas que guardaba en una bolsita de gamuza hecha con cuero de cabra y un cordón que servía para cerrar la boca de la bolsa y amarrársela al cinto. Durante el recorrido de ida hacia Guanajuato, íbamos gustosas por acompañar a mi padre, pero al regreso era muy desconsolador verlo zigzaguear, totalmente ebrio, tirando de la rienda al Chanito, nuestro burro, animal bien entendido que aguantaba hasta tres cargas de leña.


Abuela hace una pausa, ya se divisa el sol detrás de los cerros verdes. A ella le gusta viajar a su tierra en el mes de mayo. Dice que es la mejor época del año. Tal vez recuerda su infancia y la infame carencia compartida con sus hermanas. La viudez de su madre y la sangre de su padre muerto que la mantiene atada por un lazo invisible a un lugar que ella recuerda con ojos de nostalgia.


Trosmo la mira despedirse, alejarse hasta perderse en el verde de los cerros, en este sueño revuelto que lo mantiene atento, esperando una señal más clara. Ya está amaneciendo. Piensa que el día nunca termina de morirse, aunque el cerebro se escurra y el pellejo se arrugue, y los gusanos hagan una fiesta con nuestros desperdicios. Abuela murió un mes de mayo, a los ochenta y cinco años —vivió un año menos que su madre, Nicha—. En casa de Trosmo, flota en el ambiente de la noche una fiesta aromática. Una cazuela de mole espera la visita de seis mujeres, ellas tienen un lugar especial en la ofrenda que recuerda a los muertos, pero fes