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Los pleitos que no necesitamos


Al salir de su oficina, Juan aborda su auto y se dispone a trasladarse a su casa para ver aún despiertas a sus hijas Marilú y Estela y un poco más tarde esperar la llegada de Luisa, su esposa; aprovechar para firmar el cuaderno de tareas y disponerse a disfrutar de una película en casa que el día anterior habían acordado Luisa y él.


Al disponerse a salir del estacionamiento, el conductor de una camioneta se encontraba estorbando la salida, Juan esperó unos momentos prudentemente y tocó el claxon en dos ocasiones pensando que el conductor aquel, no se había percatado donde había detenido la marcha.


Para sorpresa de Juan, el conductor de la camioneta reaccionó con violencia y comenzó a insultarlo y descendió de su camioneta para gritarle en la ventanilla, ante la sorpresa de todos, quienes caminaban por la acera, los compañeros de Juan que esperaban salir atrás de su vehículo y del guardia de seguridad que no había hecho el mayor esfuerzo minutos antes, por pedirle al conductor de la camioneta que se moviera de ese lugar, dado que se trataba de una salida de vehículos.


En cuestión de segundos, Juan se encontraba en un dilema i) dejar que el conductor de la camioneta sacará todo su coraje y resentimiento social y después de insultarlo, se regresará a su camioneta y se moviera para él poder salir del estacionamiento ya sin complicación alguna o ii) enfrentar al agresivo, haciéndole saber el derecho que tenía para usar la salida del estacionamiento sin que se interpusiera en su camino.


En estas circunstancias, el reclamo injustificado del conductor de la camioneta se presentó tan rápido que motivó que Juan no tuviera tiempo de racionalizar los hechos y como consecuencia no darle importancia al incidente; en su lugar, reaccionó sin pensar, primero bajando el vidrio para responder verbalmente la agresión de que era objeto, acto seguido, al ver que podía estar perdiendo una absurda pelea, decidió bajar de su vehículo para enfrentar al agresivo, sin considerar que de entre sus ropas y sin mayor explicación sacó un arma de fuego y la accionó en contra de Juan, por si fuera poco en tres ocasiones, atinando en su cuerpo dos de ellas, por lo que de manera inmediata Juan cayó al piso a un lado de la puerta de su vehículo, ya sin vida.


En la confusión de los hechos, el cínico homicida, se subió a su camioneta y se marchó del lugar, en total impunidad.


La cámara de seguridad que se encontraba afuera de la salida vehicular grabó sin mucha nitidez los hechos descritos y sólo se identificaron señas generales de la camioneta del homicida, dado que no portaba placas para circular y del sujeto sólo se logró tener una descripción genérica de su ropa deportiva por traer una gorra que le cubría parte del rostro.


Por la noche, Luisa ya en su casa, con Marilú y Estela dormidas, se entera de lo sucedido y a partir de ahí la vida de las tres, cambia para siempre.


Esta historia es real y así cientos de historias en México que año con año cambian la vida de las personas, en una sociedad violenta que está enfrentando uno de sus puntos más bajos, donde las personas de bien, en muchos casos en cuestión de segundos, reaccionamos con tranquilidad y tendremos la oportunidad de sobrevivir -ante los ataques de un irracional-, para reunirnos un poco más tarde con nuestros seres queridos o entramos en una espiral de violencia que probablemente termine muy mal.


Los pleitos que no necesitamos están presentes en cada momento de nuestra vida, no deben cobrar importancia, son intrascendentes para la estabilidad de nuestra vida y de nuestros seres queridos.


Los pleitos que no necesitamos regularmente no demandan de nuestra parte trabajo intelectual alguno, sólo requieren ser racionalizados para comprender que hay una persona que por un concepto erróneo de lo que es la “justicia” piensa tener derecho a reclamar, inclusive a exigir, sin embargo, en su falsa apreciación de la realidad, su reclamo excede todos los límites, sin reglas ni jueces y ante la ausencia de la autoridad competente, nada puede ser más importante que nuestra vida y donde cobra relevancia aquella frase que en ocasiones, perdiendo se gana.

Antonio Horacio Gamboa Chabbán

Maestro en Derecho Político y Administración Pública

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