La doble moral ¿otra sustancial característica de la humanidad?

Por: Fernando Silva


La sana convivencia humana se expresa con un sinnúmero de procedimientos vinculados a las sensaciones externas que captan nuestros sentidos y a las percepciones que interpretan las experiencias y aprendizajes previos, asimismo por la introspección que dirige los propios actos o estados de ánimo, sin embargo y con inagotable competitividad, se exteriorizan colapsos ideológicos entre dos cursos de acción no coherentes, es decir, todo ser humano manifiesta en el cotidiano proceder, la sustantiva y mentada doble moral, que por lo general es inaceptable —o por lo menos está mal visto— cuando una persona o un colectivo sostienen que algo es bueno moralmente pero se hace lo contrario, también al referirse a aquellas personas que rechazan en los demás lo que ellas piensan y/o hacen. Esta alteración de causa y efecto supone una evidente contradicción personal, de tal modo que cuando la perniciosa conducta se presenta, se otorga mayor margen de acción a unas personas que a otras, lo cual regularmente les pone en deshonesta ventaja. Tener en cuenta que tan particular proceder tiene su escala de clasificación, en concreto, no es lo mismo formular inconvenientes comentarios sobre alguien al que se le saluda como amigo, que robar, matar o violentar a otros mientras se enarbola la bandera del respeto al prójimo.


Analizando el fenómeno entre la eficacia que requiere toda sociedad y las consideraciones de los valores éticos y morales en las conductas y procesos de generosa armonía, es importante observar el operar de gobiernos autoritarios y antidemocráticos, así como de las grandes entidades privadas que, además de controlar la economía mundial, amparan las diferencias de clase, el racismo y la discriminación, siendo además quienes cínicamente apelan por preservar el bienestar general al tiempo que toman decisiones inmorales, injustas e incorrectas en amparo de sus retorcidos intereses, por lo tanto, el desarrollo del juicio moral implica la adquisición y la configuración de criterios de definición de lo bueno y lo malo —siempre tan controvertibles— así como lo deseable o indeseable, lo permitido y lo vedado, por lo que tal coyuntura no se produce en un vacío social o de manera mecánica u homogénea, sino a partir de diversos procesos de mediación, de índole psicológica y psicosocial que llevan a una «individuación» del contenido de la moral que opera en el sentido de regular el comportamiento de cada sociedad.


En consecuencia, las discrepancias han sido un lamentable espoleo para ostentar «verdades absolutas» como si estas constituyeran conceptos de los cuales nadie puede refutar, por ejemplo: El aplicarse o no cualquiera de las vacunas contra la COVID-19, ha originado que buena parte de la población mundial se inconforme en exceso hacia sus familiares, amigos, compañeros de trabajo y hasta desconocidos por no hacer lo que consideran correcto sin pensar en el alcance de sus palabras o actitudes, lo que provoca un disentimiento que lleva a la práctica reacciones emocionales negativas e inclusive viscerales y violentas acometidas, por lo que si alguien decide no vacunarse es señalado como alguien insensato y falto de responsabilidad, además de no poder viajar al extranjero, ir a eventos masivos y, en muchos casos, ni siquiera puede presentarse a realizar su trabajo en la empresa que le contrató. Aquí viene a bien el tomar las palabras atribuidas al filósofo griego Sócrates: «Sólo sé que no sé nada» por lo que no es posible hablar de verdades ni de falsedades absolutas, así como admitir que es frecuente introducir en la consideración de un asunto aspectos que atenúan o incrementan sus efectos e importancia en la medida en que algo nos afecta directamente o aqueja a nuestros seres queridos.


En ese sentido, la equidad, la transparencia, el respeto y el compromiso, deben estar con mayor presencia en las relaciones personales y sociales, no solamente por efecto del cálculo racional costo-beneficio, ya que el vínculo ético inscrito a la eficiencia socialmente

sustentada, requiere vencer obstáculos o dificultades generados por una visión simplista de resultados pragmáticos o funcionales; indudablemente sin ofrecer una versión atenuada del individualismo y el relativismo moral, sino generando renovadas acciones en favor de cometidos responsables construidos sobre la base de valores en bien común y justos principios deontológicos de cualquier comunidad.


De ahí que los perniciosos argumentos asociados a la célebre frase «El fin justifica los medios» perturban sobremanera la condición ecuánime de los valores humanos y el desarrollo de toda nación que quiere convivir bajo imparciales normas políticas, económicas y de justicia, por lo tanto, en la perspectiva moral, la calidad humana —unida estrechamente a los derechos universales— es una virtud a reforzar, consignando el proceder ético como el propósito trascendental en beneficio de todos. A este respecto, se acentúa la palabra «calidad» para expresar el valor de algo que aporta dignidad sobre temas sociales y humanos, ya que se aplica el poner de relieve que la disposición de toda persona es fundamental para evitar el engaño, la hipocresía y las dobles conductas que conllevan a disentir con alto riesgo de emplear actos intimidatorios e impulsivos.


A este respecto, el buen sentido de la convivencia se centra en los aspectos positivos de cualquier persona y no por actos de agresión e insana injerencia, al punto que algunos falaces mortales no decrecen su deseo incontrolado por conseguir poder, riquezas y fama sin considerar el respeto hacia el resto de la ciudadanía, además de supeditar sus intereses a partir de negativos actos como de cohecho, corrupción, malversación de recursos, evasión de impuestos, agresión agravada, crimen organizado y de finanzas, destruyendo el medio ambiente y los ecosistemas, robo de identidad, fraudes... para después mostrarse con doble moral, fingiendo cualidades y sentimientos que se ponen en tela de juicio al hacerse evidente la falta de certeza y legalidad en sus logros.


El ser humano respetable confía en su percepción y reflexión para decidir el grado de responsabilidad de sus actos y para juzgar el carácter de lo que en lo común reconocemos como la bondad o la maldad, por lo cual no hay mejor tribunal de apelación que el testimonio de la propia conciencia para procurar una vida libre de engaños, doble moral y con base en el apego y consideración hacia todo ser viviente.