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La ciencia explica por qué no se olvida el primer amor

Redactor Fernando Galindo

Las relaciones son algo que todo el mundo experimenta en algún momento de la vida, pudo ser algo veraniego, con unos meses o tal vez años. Pero hay algunas que nos marcan o dejan huella para ambos o alguno de ellos. Cada uno tendrá esa experiencia guardada en su cabeza y claro, en su corazón.

Pero lo que está claro es que el primer amor no se olvida. Con mayor o menor detalle, con mayor o menor cariño y con más o menor nostalgia. Pues cada persona a pesar de ser diferente en cuanto a pensamientos, perspectivas y otros aspectos, los sentimientos pueden llegar a ser similares.

El primer amor muchas veces nutre canciones, novelas, cuadros, poemas entre otras cosas. Hay miles de artistas que recurren a ese romance inmaculado para componer sus obras y con ello obtienen su éxito, no es raro que un gran público se acuerde de esa persona con la que compartió momentos felices al escuchar esas canciones.

Se habla de un amor verdadero a esa conexión que creemos irrompible, no a las relaciones sexoafectivas. Según Helen Fisher, antropóloga de la Universidad de Rutgers y gran experta en el asunto, cuesta borrar este primer amor porque sentimos esa felicidad, éxtasis o incluso desazón de un modo exacerbado. No hay nada más físico que un primer enamoramiento, según concluye la experta.

Todo puede reducirse a una ola de hormonas que rompe en nuestro organismo y provoca esas sensaciones tan intensas. Quizás sea ese “terremoto” interior lo que nos lleve a pensar en ese ser querido y lo que suponía su presencia o contacto.

Muchos estudios, de hecho, comparan los efectos del desamor con el síndrome de abstinencia de drogas adictivas. Y lo que ocurre en estos casos es eso: no olvidamos ese primer amor debido al rastro que dejan hormonas como la dopamina o serotonina en nuestro cuerpo y en el sistema nervioso después de su gran combustión. Esa tormenta de hormonas, no obstante, también se desencadena en un nuevo enamoramiento, por lo que no serviría del todo para justificarla.

Paula Cocozza, periodista de The Guardian, cita también a Fisher en un reportaje para resolver este enigma. Pues existe una zona del cerebro que se activa cuando nos enamoramos por primera vez y que no corresponde ni a nuestro lado más lógico y racional ni tampoco a nuestra parte más emocional.

Se trata del “Área Ventral Tegmental” o “VTA”, donde se encuentran otras reacciones físicas como "el hambre, la sed, el impulso de buscar refugio o de aprender, también el impulso creativo". También donde está nuestra necesidad de reproducirnos. Esta zona del cerebro se relaciona con el mecanismo de recompensa, por lo que genera hormonas muy poderosas que corren por nuestro cuerpo cuando tenemos contacto físico con la persona en cuestión.

"Formar un recuerdo no es un proceso mágico", asegura Catherine Loveday, profesora del Centro de Ciencias Psicológicas de la Universidad de Westminster.

"Tenemos una red de células que se disparan al unísono para brindarnos una experiencia consciente de recordar, ya que aprendemos a través del placer y del dolor según las cosas buenas que queremos repetir y las cosas malas que queremos evitar. Ese índice de placer-dolor es un barómetro químico que nos exhorta a querer volver a hacer algo... reforzando los circuitos neuronales del cerebro", explicó.

Cuando se habla de "primer amor" se incluye el rompimiento de este, lo que nos lleva a lo trágico de la experiencia amorosa: es intensa, pero ha concluido. Y eso conlleva que algunas personas se queden estancadas en ese recuerdo, siendo incapaces de recuperar eso que sintieron por primera vez, y por tanto, evitando el enamoramiento con alguien más.

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