¡Escúchame!

Por Deborah Buiza

No sólo porque tenemos boca hablamos de tal modo que podemos expresarnos con fluidez y claridad, de manera asertiva y logramos exteriorizar lo que nos sucede y necesitamos; de igual forma, no porque tenemos oídos sabemos escuchar y logramos entender lo que nos comparten en modo preciso y con eso sabemos lo que le pasa al otro o lo que se requiere de nosotros.


Hablar y escuchar es fundamental para las relaciones humanas, pero necesitamos afinarnos para poder hacerlo cada vez mejor, en beneficio de nosotros y de nuestras relaciones.


El proceso de comunicación es un asunto muy complejo y un tema que en una columna como esta es imposible de abarcar, sin embargo, me gustaría explorar un pequeño punto en todo ese entramado que puede abrir y fortalecer relaciones o enrarecerlas y minarlas: escuchar al otro.


¿Qué haces cuando alguien te cuenta algo importante? ¿Alguna vez se salieron las cosas de control por la manera en la que escuchaste cuando te estaban compartiendo algo significativo?


Escuchar activamente y con empatía no es tarea sencilla, requiere mucha práctica, conocer al otro, poner atención en lo que nos externa y en cómo lo está haciendo, tratar de “escuchar” las emociones que hay en el fondo de sus palabras y con eso tratar de acompañarlo, y digo tratar porque a veces (con más frecuencia de la que nos gustaría) aunque tengamos la mejor de las intenciones no siempre se puede o salen bien las cosas.


Es importante considerar que las personas cuando nos abren su corazón y nos cuentan lo que les sucede, lo que les preocupa o agobia no siempre necesitan lo mismo de nosotros, por lo que preguntar que están esperando de nuestra escucha puede ser una guía, así sabremos si sólo quiere desahogarse o si necesita una opinión, un consejo, aliento, apoyo o una acción específica de nuestra parte.


A veces cuando compartimos lo que nos sucede sólo queremos ser escuchados para sacarlo de nuestra mente o de nuestro corazón, sacarlo de nuestro “sistema” y viéndolo “afuera” poder acomodarlo de otra forma o sentir que duele menos, entonces tal vez sólo necesitamos sentirnos acompañados y escuchados, y no consejos o llamadas a la acción o resolución.


A veces contar las cosas muchas veces puede “desgastar” la historia, el discurso, la experiencia y con ello “diluir” (aunque sea un poco) las emociones que vamos experimentando permitiéndonos “manejarlas” un poco más; verlo y escucharlo “afuera” puede permitirnos mirar la experiencia en otra dimensión y con ello lograr un poco de distancia o perspectiva, por lo que podemos necesitar paciencia de nuestro escucha ante la reiteración en la narración y las emociones que van apareciendo.


Considerar, cuando las personas nos cuentan lo que les pasa o sienten, que se están “quejando” (de lo mismo), o se están “victimizando” o que no quieren resolver sus “problemas”, puede entorpecer nuestra escucha y nuestra forma de “estar”, de igual forma lo hace el interponer a lo que nos comparten nuestra forma de ver la vida o nuestras creencias como una mirada única y exclusiva de enfrentar el mundo.


Escuchar a los otros también requiere escucharnos a nosotros mismos y conocernos, reconocer que no siempre estamos de ánimo para escuchar o de ser “buena escucha” (por las razones que sean) y entonces es válido decir “hoy no soy una buena escucha, pero estoy para ti”.


A veces, ante lo que escuchamos no siempre tendremos la reacción adecuada o las palabras correctas, a veces, simplemente abrazar también es escuchar.

Y tú, ¿qué tan buena escucha eres?