El libro, ese salvador de las soledades


“Cuando oigo hablar del Quijote lo primero que hago es pensar

en el Quijote de tapas rojas de la biblioteca de mi abuela”

Jorge Luis Borges


Apenas el viernes 23 de abril vivimos el Día Mundial del Libro y las letras al respecto llenaron espacios y las lecturas se hicieron ricas en anécdotas. Después de leer distintas notas, no dudé en hacer que la Cultura Impar diera su punto de vista.


“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo”, dijo alguna vez el escritor Jorge Luis Borges.


El libro impreso apenas cumple 580 años y vemos cómo nuestras generaciones son privilegiadas, porque en alrededor de 250 mil años, han pasado por este planeta más de 108 mil millones de personas, y la mayoría, sin la oportunidad de conocer lo que Gutenberg logró con uno de los inventos más extraordinarios de la historia.


Destacaré algunos comentarios que leí de Jaime Soler Frost, titular del Departamento de Publicaciones del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, para quien uno de los libros, quizá el más singular de la historia, es “Hypnerotomachia poliphili”, (“El sueño de Polifilo”) del siglo XV.


Su editor fue Aldo Manuzio -impresor y humanista italiano- considerado el primer editor literario e inventor de los libros de bolsillo.


“Esta obra se considera para los bibliófilos uno de los libros más bellos que se hayan hecho jamás. Manuzio inventó ahí la letra cursiva en esta obra que tiene partes en latín, griego, con xilografías hermosas, el cual influyó en la producción libresca en los siglos por venir”, subraya el universitario.


Y me obligó a buscar en la mente un hecho de esos que se viven una vez en las familias, y se guardan para el anecdotario. En el inicio de su carrera en la UNAM, nuestro hermano mayor, Salvador y mi Mamá, hicieron esfuerzos extraordinarios para conseguir uno de los libros más importantes (y caros) de los que yo pudiera tener memoria: Historia natural, escrita en latín por Cayo Plinio (el Viejo). Un libro impresionante, conocido como una enciclopedia del procurador imperial romano. No olvido el gusto y el cuidado de mi hermano al recorrer sus hojas. Aclaro que era la traducción al castellano de Francisco Hernández, Protomédico de Felipe II.


Los conocedores lo marcan como una de las mayores obras individuales que se tienen del Imperio romano, que pretendía abarcar todo el conocimiento que en ese momento se tenía. Es la única obra de Plinio que sobrevive y la última que publicó. Los primeros diez libros salieron en el año 77 d. C., pero no había completado la revisión final de los restantes al momento de su muerte en 79 d. C., durante la erupción del Vesubio, por lo que el resto de la obra fue publicada de manera póstuma por su sobrino Plinio el Joven.


Mi hermano lo consulta aún, con el mismo gusto. Y hago la referencia, porque para quienes gustan de leer la historia, saben que es obra obligada para entender la evolución “modernista”, por decirlo así, del paso del hombre por la tierra; y cultural de la cristianización de Plinio.


Hoy, todo cambió en los últimos 20 o 30 años. El uso de la tecnología digital y la pandemia impulsaron el reencuentro de las personas ya sea con el libro físico o electrónico con lo cual se avivó el gusto por la lectura.


De acuerdo con cifras de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), el año pasado, las librerías vendieron aproximadamente 89 millones de libros físicos, 35 millones menos que en 2019. Obvio, la mayoría de la gente se guardó en casa.


La contingencia impulsó al libro digital; sin embargo, su presencia es aún baja, toda vez que en 2019 representaba el dos por ciento y ahora se estima que se ubicó en cuatro y cinco por ciento. Sin duda un buen crecimiento, pero falta, falta.


El libro es un objeto que nació perfecto, que no ha tenido cambios mayores desde que Gutenberg imprimió su Biblia (1440), porque las modificaciones han ocurrido en los últimos 20 años, considera el propio Jaime Soler Frost, de la UNAM.


Y concluye con un dato por demás interesante: “el formato en sí, su aspecto y materialidad, se conservan, y una persona contemporánea de Gutenberg seguiría reconociendo al libro como tal”. En el caso del libro digital, precisa, es un desarrollo contemporáneo, pero no es un objeto.


Coincido. No es fácil leer un libro a través de una pantalla. Pero es necesario que leamos, aunque los gobiernos (no importa su tendencia) se espanten por ello. Dicen que pierden poder sobre el que piensa. Ojalá…