El arte de escribir cartas

Por Mayra Núñez P.

El domingo pasado estuvimos con Lorenzo y Giselle, quienes convirtieron su casa en una galería por ese día.


Abrieron el Vernissage con un delicioso coctel Bellini para después empezar el recorrido de las obras pictóricas de Giselle y las esculturas de Lorenzo.


Degustando nuestro rico Belllini conocimos a Elvira, una joven con gran personalidad quien, además de desempeñar un puesto dentro del Gobierno, escribe.


"Redactar una carta es la forma más íntima, el lugar en donde nos desnudamos sin miedo, sin pudor ante nadie...".


Los invito a descubrir el contenido del escrito de Elvira Salinas;


NO SOMOS CONSCIENTES DEL PODER DE NUESTRAS PALABRAS


Debo confesar un secreto. Me encanta la correspondencia, la real, la que no marca los tiempos de respuesta, la que invita a la reflexión, la que se hace del servicio del cartero para llegar a su destinatario.


Sé que hablo poco sobre el tema, quizá por esa misma razón, porque casi nadie se acuerda de ella. Mientras, hay quien echa de menos escribir a mano, en hojas blancas, con lápices honestos. Yo soy de las que aún gusta enviar postales y cartas con matasellos que, en ocasiones, no llegan nunca a las manos del destinatario, lo que significa que algunas de mis emociones y confidencias se fueran al mar del olvido.


Pasé mi adolescencia conociendo la Internet como un lugar extraño, donde las rarezas se mostraban tal y como eran; donde las palabras y los puntos de vista cambiaban cada segundo. El correo tradicional siempre me ha acompañado, a lo largo de mis relaciones.


Cada una de las personas a las que he querido ha recibido alguna carta mía, ya sea por el servicio postal, en una fecha especial o en momentos en que quería sorprenderlos para hacerles sentir lo mucho que significaban para mí.


A veces también las envío por aburrimiento; me niego a abandonar esta costumbre. Me gustan las cartas porque son el último reducto alejado de la mensajería pública, de las manifestaciones de amor a los cuatro vientos y de las rupturas ruidosas.


Escribir cartas siempre ha sido un acto íntimo, entre dos personas, sin intermediarios ni espectadores. Un gesto, un momento que se comparte entre millones de papeles; unas palabras que quedan grabadas en una hoja y se van a navegar a un océano de documentos y formalidades.


Es bien sabido que con quien solía compartir esta importante costumbre fue con mi abuelo materno; una de las personas más importantes para mí y con quien, a pesar de que ya ha fallecido, me sigo escribiendo. No me importa que devuelvan los sobres con el sello de “destinatario no localizado”. El hecho de que me devuelvan mis sentimientos me hace sentir que, de algún modo, fueron leídas por él.


Los tiempos cambian. Está mal visto escribir mensajes demasiado largos porque denotan ansiedad, y coquetear por los chats siempre se me dio fatal. No voy a mentir: que escriba historias no está relacionado con mis otras habilidades.


El misterio, el deseo y la atracción se alimentan con la ausencia, con el pensamiento y la idealización, y en tiempos de instantaneidad, de ahora y ya, se da poco margen al disfrute de las palabras. Al igual que en las novelas, donde hay un escritor que se toma su tiempo en contar y la persona que lee, que disfruta de suyo leyendo y digiriendo las frases, el cortejo es un juego de dos.


No obstante, soy optimista; auguro y deseo un largo futuro para el correo tradicional o mínimo para el electrónico, a pesar de que quieran deshacerse de él. Es nuestra caja mágica, el sitio que aún nos queda sin fotografías de perfil ni corazones, ni un avatar con el que jugar.


Redactar una carta es la forma más íntima, nuestra propia literatura, el lugar en el que nos desnudamos sin miedo, sin pudor ante nadie; el modo que más nos acerca a la otra persona.

Por eso no me gusta que, cuando entrego una carta, esa persona se ponga a leerla enfrente mío. Es como si me pusieran ante un espejo brutalmente honesto, diseñado por mí y que me juzga sólo a mí. Así que, si llegaste hasta aquí, escríbeme un correo, cuéntame lo que gustes y te responderé par que puedas constatar mi teoría o para que, mínimo, te rías un poco.


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