Bienvenida la democracia biorregional


Con mayor frecuencia se manifiestan por doquier casos de violencia física, psicológica, sexual, laboral, familiar, social, de genero y hacia las especies animales y vegetales, así como a todos los recursos naturales en el planeta, lo que permite hacer una pausa para pensar en ¿Qué está pasando con la educación y la cultura? ¿El respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos? ¿No somos capaces de razonar en bien común? ¿Qué nos lleva a lacerar al planeta y su biodiversidad? ¿Es más fácil actuar como transgresores? ¿En dónde quedan los valores? ¿En qué parte del desarrollo humano se perdió ser portento de dignidad, conciencia, equidad, igualdad y ecuanimidad?


Comprensiblemente, no es una cuestión de generalizar, ya que para bien de todos hay quienes procuramos ser ejemplo de calidad humana —teniendo presente que así como tenemos deficiencias procuramos fundamentalmente las virtudes— y en esa dirección de pensamiento, la voluntad juega un papel primordial para anteponer un proceder respetuoso de los derechos humanos, sociales, ecológicos, de todas las especies y de la madre Tierra.


Evidentemente, el respeto es fundamental para distinguir, aceptar, apreciar y estimar las cualidades del prójimo y sus derechos. Es decir, es el reconocimiento del valor propio y de los lo que se le conceden a toda persona, a las sociedades y a todo ser viviente en el planeta, por lo que está más ligado a elegir de manera responsable la propia forma de actuar. Entonces, qué cambios moleculares y celulares han ocurrido durante la evolución humana como para ser capaces de inventar, construir y crear cosas tan maravillosas, a la par de concebir armas de destrucción masiva, generar actos que corrompen a las familias, ciudadanía y países, así como promover un mal antropocentrismo que termina por intoxicar las más decentes distinciones del ser humano.


Las investigaciones en torno a la evolución de las especies, nos han permitido comprender nuestra presencia biológica y el papel que hemos desempeñado como depredadores de la naturaleza y de las culturas como «motor de nuestro desarrollo». Del mismo modo, las investigaciones de las ciencias biológicas y sociales, nos han demostrado por décadas, las trágicas consecuencias ambientales a partir del proceder de la humanidad y de cómo varían a partir de cada cultura. De esta manera, las comunidades —pueblos originarios— sobrellevan sus actividades económicas y sociales dentro de un marco ambiental regional, en un entorno que les proporciona bienes y servicios de alta calidad; por el contrario, las sociedades de las grandes ciudades, abarcan más allá del ámbito local o regional para satisfacer sus necesidades como el agua, los alimentos, los materiales y la energía que tienen que importar de lugares cada ves más distantes.


A partir de tales circunstancias, la concepción de lo biorregional surge en la década de los 70’s (del siglo pasado) bajo la bandera del respeto y cuidado del medio ambiente, basada principalmente en las características de cada lugar. Esta perspectiva enfatiza las singularidades ecológicas de las regiones, motivando el dispendio de productos que se elaboran en el territorio (alimentos particularmente veganos, materiales para construcción, así como el respeto por la fauna y flora…) promoviendo de esta manera el cultivo de especies nativas, con el fin de armonizar con la biodiversidad y la cultura de la localidad, comprometiéndose de esta manera por las decisiones en favor de la entidad.


Las ecorregiones habilitan el contar con las especies animales y vegetales, además de las dinámicas ecológicas —reuniendo las mejores condiciones ambientales— similares a las cuales depende su persistencia a mediano y largo plazo. Éstas pueden definirse a distintas escalas anidadas, que agrupan unidades similares desde biomas como desiertos y bosques, hasta unidades definidas por características geomorfológicas, tipos de vegetación y composición de especies. De esta manera, han sido destinadas —en los últimos años— para concretar las prioridades de conservación a escala regional y global, el principal objetivo es resguardar a la mayor cantidad de áreas representativas con elementos especiales y asegurar la persistencia de poblaciones y procesos ecológicos.


La composición de signos positivos en los escenarios regionales y globales refuerzan la conciencia sobre el agotamiento de los modelos capitalistas y/o neoliberales. Esta noción observa los desafíos de pobreza y desigualdad en el mundo, añadiendo los límites y requisitos ecológicos, así como los ambientales para lograr un crecimiento sostenido y equitativo, a la vez que analiza la especificidad regional de los procesos de globalización y a las lecciones aprendidas con el fracaso de los intentos de planificación centralizada.


Una resolución que se puede advertir sobre este aspecto en particular, es que el desarrollo —aquel que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras— se funda en tres pilares básicos: renovación, ética y justicia. En otras palabras, si no fuera por los arquetipos sociales que sosiegan el individualismo y el consumismo, además de respaldar con sólidos argumentos las demandas éticas por justicia social, no comprobaríamos que para cualquier opción de desarrollo se requiere como condición necesaria e indispensable, la profundización de la democracia y la ampliación de los espacios de ciudadanía y de participación social, de este modo, poca vigencia tendría siquiera proponerse la necesidad de un nuevo estilo de progreso cuya orientación sea la sostenibilidad, el respeto, el bienestar, la identidad cultural y de calidad ambiental.


Como la perseverancia es parte importante para lograr cambios en bien de una mejor calidad de vida, empecemos por examinar el derecho, reconocimiento, consideración, atención y deferencia que le debemos a todo ser viviente, incluyendo a la Tierra.

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