Altruismo en respeto a la humanidad y a los ecosistemas


El sufrimiento, desde el puramente homeostático al más excesivo, origina trastornos mentales y físicos generados por las inestabilidades que representan los innumerables problemas de las sociedades, que directamente actúan como evidencia para registrar la intensidad, duración y otras características que las menoscaba. En este sentido, algunas patologías psíquicas como la depresión, los trastornos de la conducta, las adicciones, así como la corrupción, la violencia, la pobreza, la hambruna, la destrucción de los ecosistemas y demás agravios son una reverberación, entre otras cosas, que tienen la moral social y la ética política sobre cada uno de nosotros.


La acentuación en los grados de pobreza y por ende de la indigencia, son las principales causas en el aumento del sufrimiento en amplios sectores de la población mundial. De este modo, en la mentada «era de la globalización» habrá que sumar las negativas manifestaciones de la violencia, mismas que se entretejen de manera cotidiana e impactan en lo personal, familiar y comunitario, gestando ansiedad que se traduce en miedo, angustia, depresión, entre otros problemas psicológicos.


Dichas aflicciones conforman tremendo reto para los gobiernos en términos de la salud social y de la seguridad pública, ya que se manifiestan constantemente inverosímiles condiciones debido a que los sufrimientos se nutren, principalmente, de las injusticias sociales y del abuso del «poder» así como del menosprecio de sectores favorecidos económicamente, mismos que no quieren abrazar conceptos como: solidaridad, fraternidad, lealtad, afinidad, colaboración, conciencia… Y con ello, tampoco advierten que los diversos malestares en las personas afectadas pueden gestar otras improcedentes algaradas sociales; situación que convoca a diversos investigadores de las ciencias sociales y biomédicas a visibilizar y reflexionar sobre este inquietante fenómeno, además de encausar los estudios y experiencias para compenetrarse en la sociedades que conformamos —identificando las raíces de las mortificaciones— con el fin de señalar las pautas correspondientes para generar las soluciones en bien común.


Por lo anterior, toda organización de derechos humanos y de salud mental deben participar contundentemente en las agendas públicas de los países, ya que con las políticas de corte neoliberal impuestas por los organismos internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Foro Económico Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, entre otros, apremiaron a las economías para dar apertura a la libre circulación de mercancías y capitales «reordenando» los sistemas productivos, reemplazando a los trabajadores y expulsándolos de los procesos productivos ante la automatización y robotización, incrementando el desempleo y, con ello, la economía informal se extendió, se flexibilizó el trabajo, las condiciones laborales se hicieron frágiles, aflorando los sentimientos de riesgo, vulnerabilidad e incertidumbre ante la falta de protección colectiva y/o familiar. Ante el amargo proceder de ese minúsculo grupo de ambiciosos empresarios, se privatizan los servicios esenciales, se acentúa el endeudamiento de las personas y, por ende, de los países que señaladamente son los más pobres (económicamente) pero los más ricos en recursos naturales y en cultura, lo que les acarrea una descomunal explotación de sus recursos tangibles e intangibles, así como intolerables abusos en materia de derechos humanos y naturales.


Quizás para algunas personas —indolentes reflexivas— o poco informadas, la deuda externa no sólo es utilizada como inhumana herramienta de sometimiento de la élite global y las «grandes potencias» sino que tal como se puede constatar en las interminables crisis, el endeudamiento desbocado y tácitamente impagable, se emplea como elemento de presión para obligar a los países de la obsoleta clasificación de «tercer mundo» para que se sometan a la miserable propuesta de canje de su forzada y planeada obligación por el aprovechamiento de sus territorios y ecosistemas. En términos breves, la deuda externa es el factor de poder que utilizan los monstruosos grupos financieros transnacionales para someter a los gobiernos y así forzar el apocamiento de sus poderes, incluso, haciendo lo necesario para lograr su disolución.


En contra respuesta, los autores de las bellas artes siempre estamos en defensa de los derechos fundamentales de todo ser viviente, así tenemos el ejemplo de Paul David Hewson, mejor conocido por su nombre artístico de «Bono» el innegable líder de la banda irlandesa de U2, quien fundó en enero de 2002 con Bobby Shriver la organización no gubernamental multinacional DATA (Debt AIDS Trade Africa) cuyo objetivo es alertar sobre las impagables deudas externas que mantiene a las naciones menos favorecidas al borde del colapso económico y social, la transmisión descontrolada del sida y las injustas reglas de comercio que dañan a sus ciudadanos empobrecidos. Como patético dato, Estados Unidos de Norteamérica —que se presume el país más «rico» del mundo— sostiene una exorbitada deuda externa de más de $23,250,000,000,000.00 (veintitrés billones doscientos cincuenta mil millones de dólares) hasta enero de 2020, mientras que el país más pobre del mundo (Burundi) tiene una deuda de 600 mil millones de dólares hasta el 31 de diciembre de 2017.


A razón de la labor de Bono con DATA y sus encuentros de buena voluntad con presidentes de diversas naciones, fue nominado en tres ocasiones al Premio Nobel de la Paz en los años 2003, 2005 y 2006. Infatigable, al grado que ni el SARS-COV2 le ha frenado su actividad social, actualmente está dedicado a combatir la pandemia utilizando su influencia con gobernantes, además de donar —con recursos propios— 10 millones de euros para esa finalidad. Por ello, bien vale el reconocer que si nos sumamos a causas como las que él impulsa, quizás, algún día logremos mejorar la calidad de vida de todo ser viviente.

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